Pasarela de traje tradicional veracruzano

Xalapa, Ver.- Una vez más, como lo ha hecho desde 1973 cuando montó su primera exposición en la entonces galería de la Dirección de Turismo del Estado, el maestro René Ramírez Ordóñez presentó al público una mínima parte de la colección del traje veracruzano que “he reunido a lo largo de muchos encuentros con mujeres y hombres que han preservado con amor e inteligencia la herencia del tejido y el bordado en la entidad veracruzana”.

Invitado por el comité organizador del Festival Folklórico de Veracruz, en su quinta edición, René Ramírez ofreció en el Mezzanine del Teatro del Estado y antes de la pasarela de las prendas que ha coleccionado desde 1961, una charla acerca del traje tradicional veracruzano, del que para recuperar sus orígenes ha recurrido a testimonios de cronistas y viajeros de diversas épocas y tradición oral, así como a abundantes vestigios arqueológicos de pinturas murales, grabados, retratos y fotografías antiguas de los tres grupos del golfo que señorearon el ámbito de lo que hoy es Veracruz: huastecos en el norte, totonacas en el centro y olmecas en el sur, “los tres con características específicas y rasgos diferenciados entre sí”.

La imagen que presenta a los olmecas desnudos no es del todo exacta pues las tallas de jade, las cabezas colosales, las esculturas de piedra y las figuras moldeadas con barro nos ofrecen evidencias de maxtlas, capas o tilmas, faldellines, ceñidores, tocados y diversos enredos y peinados, tocados, orejeras, collares y pectorales, lo que nos habla de un desarrollo y tal vez, en teoría, el nacimiento de la indumentaria básica que usarían todas las culturas mesoamericanas posteriores”.

Los vestigios arqueológicos totonacas, especialmente los correspondientes al periodo Clásico Tardío, evidencian el uso de una variada y elaborada indumentaria manifestada en tejidos, tocados, joyas, quexquemes y huipiles, ricamente adornados con una vasta iconografía, lo cual también denotaba estatus social, simbolismo religioso y creatividad del artista que lo expresó. “Los ejemplos más espectaculares lo son, sin duda, las caritas sonrientes, pequeñas figuras que nos proporcionan abundantes evidencias de cómo pudieron vestir en esta parte del territorio veracruzano”.

La indumentaria precortesiana huasteca se hace evidente en la belleza de los tocados, compuestos de grandes abanicos de plumas en los penachos y joyería en forma de orejeras, collares, ajorcas. Los enredos, sostenidos por ceñidores en las representaciones femeninas y el maxtla en las masculinas.

En los periodos de la Conquista y la Colonia hubo cambios drásticos que influyeron en la indumentaria indígena, pues los artistas del tejido “se vieron obligados a satisfacer las exigencias de producción textil de los conquistadores, un ejemplo es el telar de cintura en el que las mujeres no abarcan más de un metro de ancho el tejido y en la época de la conquista exigían hasta dos metros lo que originó que muchas de las tejedoras murieran en el intento por hacer ese tipo de tejidos”.

Más adelante, la introducción de nuevas fibras como lana, seda e hilo, junto con el algodón nativo “permitieron la creación de nuevas prendas que se adaptaron al uso cotidiano, tales como la blusa, la falda y el rebozo para las mujeres; y la camisa, el calzón, el sarape y el jorongo para los hombres. Mientras los españoles realizaron cambios constantes en su indumentaria, regidos por la moda, los grupos indígenas crearon una vestimenta que perduró por siglos con una fuerte potencialidad que se trata sin duda de la expresión muy clara de su ideología y sentido de identidad”.

Litografías, grabados y pinturas que artistas mexicanos y extranjeros realizaron durante el siglo XIX son las fuentes de información que René Ramírez ha utilizado para saber acerca de la indumentaria veracruzana característica del siglo XIX. “Sorprende la continuidad estilística de forma y fondo de las prendas tradicionales: quexquemes, huipiles, enredos, tocados y accesorios y que actualmente se continúan elaborando y usando”.

Una litografía de Claudio Linatti de 1828 nos permite, por ejemplo, ver a un buen vestido costeño con alba camisa y ajustada pantalonera y a un jarocho de tierra caliente con atavío de trabajo. Alberto Fuster en 1917 pinta los famosos óleos ‘Mujer con loro’ y ‘Mi abuela jarocha vestida de novia’ que se han convertido en iconos de la cultura jarocha”.

En cuanto al traje de la jarocha, “producto del mestizaje y de diversas influencias externas que lo han preservado como símbolo de la identidad veracruzana”, comentó que éste ha experimentado un proceso histórico de casi 200 años desde que en 1825 Eugenio de Aviraneta dio noticias concretas de su existencia, “al observarlo en un fandango en el puerto de Alvarado y describirlo conformado de enagua de gasa, pañoleta de encaje, medias de color bordadas y zapatos de raso, una banda cruzada por la espalda que probablemente fuera un rebozo y sombrerito adornado con flores y en el cabello un detalle decorativo característico del Sotavento, el uso de cocuyos prendidos a la manera de, dice el autor, de esmeraldas de noche”.

Años después, en 1844, José María Esteva en sus artículos del Museo Mexicano incluirá una litografía “de un jarocho ataviado con una elaborada camisa, pantalonera de piel por la que asoma el calzón de manta, fuertemente atado con una banda, un amplio sombrero jarano sobre el tapanucas y a la cintura una especie de patío o delantal masculino más bien propio del Bajío”.

Para la segunda mitad del siglo XX “la imagen del traje jarocho ya es un símbolo del Trópico idealizado debido sobre todo a los poderosos medios de comunicación, principalmente el cine que ve en ello un filón de oro. El traje sotaventino se ha convertido, finalmente, en una vestimenta de y para la fiesta, ha perdido como tantos trajes tradicionales su función primaria que es el uso cotidiano y actualmente se enarbola como estandarte de la cultura e identidad jarocha y afronta, como todo producto de consumo, las alteraciones más diversas principalmente en el espectáculo comercial de la danza folklórica escénica con concesiones al gusto del espectador y del turismo nacional y extranjero”.

Actualmente las indumentarias tradicionales de diferentes localidades veracruzanas gozan de gran difusión y revalorización, gracias a que han sido premiadas, son objeto de estudio y su comercialización es controlada, por lo cual el coleccionista mencionó los bordados nahuas y huastecos de Chicontepec, Ilamatlán, Chiconamel, San Pedro Coyutla y Zontecomatlán; los tejidos de fibras duras de Tantoyuca; los espléndidos tejidos nahuas de Tlaquilpa, Atlahuilco, Zacamilola y Mixtla en la sierra de Zongolica; además de los complicados bordados totonacas de Coyutla, Coahuitlán, Papantla y Tajín y los fuertes tejidos de Cosoleacaque y Soteapan.

A continuación varios jóvenes desfilaron en una pasarela portando varias de las prendas que el conferencista aludió en la plática. Algunas de éstas aún las siguen utilizando los grupos indígenas y otras son recreaciones de indumentarias cotidianas, pues hay materiales que ya no existen en la actualidad.

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