Ah ese muro

26 enero 2017 || 9:56 || Gilberto Haaz Diez
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*Dos prisioneros, en celdas vecinas, se comunican por medio de golpes contra el muro. El muro es lo que los separa, pero también lo que les permite comunicarse. Así nosotros con Dios. Toda separación es un nexo. Camelot

Ignoro si en la época que nos arrebataron las partes texanas y californianas (1846), México rompió relaciones con los vecinos del norte, donde, según el libro de Allan Riding, nosotros somos los buenos y ellos los vecinos. No hubo rompimiento, solo dolor. Desde que Donald Trump amenazó a México que se le acababan todas las ventajas en el comercio con Estados Unidos, la estrategia de México falló, en lugar de sacarle la lengua o enviarle una buena mentada, Videgaray y Peña se le pusieron de tapete y, en nuestra cara, vino a decirnos lo que nunca ha negado, que construiría un Muro y que lo pagaríamos y que al TLC le tocaran las golondrinas. Hoy viaja una delegación mexicana con el mismo que inició el quebranto, Luis Videgaray, y en pleno vuelo les tuvo que haber llegado el mensaje de que el presidente americano firmaba el decreto del Muro y del TLC. O sea, váyanse al ADO y tomen el primer camión de regreso.

Copio al diario El País: “Donald Trump cumple sus promesas. A los cinco días de jurar el cargo, el presidente de Estados Unidos va a firmar la orden ejecutiva para construir un muro con México. La decisión abre una inmensa fisura entre ambos países. Aunque ya exista una divisoria física de casi 1.100 kilómetros, la medida marca el inicio de una era hostil. Un tiempo donde la estabilidad y años de buena vecindad dejan de importar, y que, de momento, tiene un claro perdedor: México.

La iniciativa estadounidense va mucho más allá de un intento de frenar un problema migratorio. Este apenas existe. O al menos ya no es masivo. Desde hace años el saldo migratorio es negativo y salen más mexicanos de Estados Unidos que los que entran (140.000 más solo en 2014). Pero eso, en el contexto trumpiano, pesa poco. El muro no es una obra física, es un símbolo.

Como buen constructor, Trump sabe que la política necesita del cemento. Tiene que verse y tocarse. El muro sirve a este fin. Y no viene solo. Le acompañan la demolición del Tratado de Libre Comercio, las restricciones a la inmigración y la amenaza fiscal para aquellas empresas que busquen abaratar costes en México. Los pilares de su nacionalismo proteccionista. El credo que le ha permitido ganar las elecciones con el voto de las masas blancas empobrecidas.

Para México es la peor de las pesadillas. La entrada en el Tratado de Libre Comercio abrió las puertas a la modernidad e hizo pasar las exportaciones a Estados Unidos de 3.800 millones de dólares en 1994 a 20.000 millones en la actualidad. Y más allá de lo económico, implicó la entrada de un país con fuertes trazas de subdesarrollo en un área donde se sentía proyectada y con un porvenir. La reactivación de la divisoria, en un momento en que ya no hay apenas presión migratoria, echa por tierra esa esperanza. El tratado se hunde y la frontera se vuelve un muro. Los peores fantasmas del pasado emergen otra vez. México nunca ha olvidado la anexión territorial del 1846 ni la ocupación estadounidense de Veracruz de 1914. Con el America First, el peor de los rostros de Washington vuelve a vislumbrarse en el horizonte.

“Con Trump, nos enfrentamos a un cambio de paradigma. Esto puede terminar en una guerra en todos los sentidos, salvo el militar”, ha dicho el historiador Enrique Krauze. “Se ha registrado un cambio radical en el trato hacia México: hay un rechazo altanero al vecino más débil, una amenaza de persecución a los mexicanos por el hecho de serlo, discriminación, arrogancia y abuso de poder”, ha escrito el pensador Héctor Aguilar Camín.

Pero el golpe de Trump no se mide solo en lo estratégico. En el corto plazo, supone una bomba para Enrique Peña Nieto y arruina su reunión con el presidente estadounidense prevista para el martes próximo para revisar la relación bilateral y el Tratado de Libre Comercio. Al igual que hiciera a finales de agosto en su visita relámpago, el republicano ha humillado públicamente a su vecino. En aquella cita lo hizo a las pocas horas de haber estrechado la mano de Peña Nieto. En un multitudinario mitin en Phoenix (Arizona), cuando en Los Pinos se pensaba que la batalla estaba ganada, el magnate proclamó: “México pagará el muro. Al 100%. Todavía no lo saben, pero pagarán por el muro”.

Ahora el golpe ha sido a priori. Antes de su reunión, ha puesto la pólvora bajo los pies de Peña Nieto. Le ha dejado inerme ante una opinión pública cada vez más enfurecida y ha empequeñecido cualquier avance que pueda obtener de la negociación. Si el presidente mexicano persiste en su visita, le espera el peor de los escenarios posibles. Uno en el que hasta Canadá se ha dado de baja del Tratado de Libre Comercio y donde su campo de maniobra es mínimo y sometido a las intemperancias del magnate.

“Ha anunciado el muro justo cuando el secretario de Exteriores y el de Economía llegaban a Washington para iniciar la negociación. Es un insulto e instala un clima de enfrentamiento en la apertura de las conversaciones. Peña Nieto debería cancelar su viaje. México no puede vivir bajo esta amenaza permanente. Es inaceptable”, señala el intelectual y antiguo canciller Jorge Castañeda.

Bajo esta presión, las apelaciones de Peña Nieto a negociar sin “sumisión ni confrontación” no parecen suficientes. En su último año de mandato pleno y con su valoración tocando mínimos históricos, el presidente mexicano ha entrado de la mano de Trump en zona oscura. La economía ha iniciado un periodo de fuerte inestabilidad, con pérdida de inversión extranjera, aumento de la inflación y depreciación del peso. Y en el terreno político, los embates del estadounidense están beneficiando al gran rival del PRI, el izquierdista Andrés Manuel López Obrador.

Cualquier movimiento de Trump, por mucho que lo quieran minimizar el Gobierno de Peña Nieto, es ahora mismo política interna mexicana. Y de momento se están cumpliendo las peores expectativas. Una era de inestabilidad ha comenzado”. (Fin de El País).

O sea, que Dios nos agarre confesados.

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NR. Esta es opinión personal del columnista.