CUAUHTÉMOC EN LAS ÁNIMAS

13 febrero 2017
9:58 hrs
Gilberto Haaz Diez

*Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia. Camelot.

Tarde noche de jueves. Llego al hotel Fiesta Inn de Xalapa. Vengo a cena invitación de Manolo Fernández Ávila-Camacho, en la hacienda Las Ánimas. Tenía de invitado al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del gran Lázaro Cárdenas, el presidente de la expropiación petrolera, al que todos recuerdan. Coincidimos en el hotel. Esa misma mañana, nos cuenta un capitán de meseros, el gobernador Yunes Linares se había reunido allí mismo con empresarios, para ver aspectos de la seguridad, tan necesarios en Veracruz. Jesús Corichi, Messi de las relaciones públicas, lo traía a esta bella Xalapa donde, al otro día presentaría el libro ‘Cardenas por Cárdenas’, de su autoría, en la USBI. Un recuento de la historia de su padre. De su presidencia y sus andares. De la época de los gloriosos generales, que todo lo hacían, y no lo hacían tan mal, viéndolos a retrospectiva con la historia actual. Llegamos a ese sitio paradisiaco y doña Estela Chedraui de Fernández, esposa de Manolo, y sus dos hijos, Antonio y Rodrigo Fernández Chedraui, le dieron la bienvenida a ese político al que solo le faltó ser presidente. Bueno, muchos dicen que ganó los votos pero la caída del sistema y los vientos del neoliberalismo se opusieron a su llegada. Traía Cárdenas dos acompañantes, uno Salvador Nava, hijo de aquel gran luchador de San Luis Potosí, conocido como el Doctor Nava, el primer candidato independiente en ganar una alcaldía y ser, en tiempo de Salinas, el que originó el derrumbe de Fausto Zapata Loredo, que de gobernador efímero se fue a la calle. Allí andaba el hijo, rememorando al padre. La noche comenzaba a ponerse fresca, un frío iniciaba, se vino la plática, los hijos de Manolo le hablaron del café y de la historia, Antonio es el empresario, experto en café, llegamos hasta la época de Fausto Cantú Peña, cuando el café mexicano se fue al bote de la basura, pero él, con la magia del dinero que no era suyo, cerraba el Lido de Paris para sus amigos. Cárdenas reía, cuando rememoré esa anécdota. El otro hijo, Rodrigo, es un historiador de primera, le alumbró el camino al ingeniero (como le llaman) con los grandes libros de la Editorial Las Animas, de su propiedad. Asistimos, los periodistas Felipe Hakim y Orlando García; el Messi Corichi; los tres Fernández; Monfort Guillén, funcionario yunista, y el par de amigos de Cárdenas. 11 a la mesa en una mesa donde se habló de todo. Más de política, que este hombre a sus 82 años aún camina el país, a la intemperie, con lluvia o frio, un poco como aquel tiempo de 1987, cuando crearon un cisma y se fueron del PRI, para nunca mas volver, él y Porfirio Muñoz Ledo, el político mas talentoso de este país, con doña Ifigenia y un grupo de izquierdistas que llegaron a formar el PRD, partido donde Cárdenas llegó a ser gobernador. Le dije, entre broma y serio, que cuál fue la causa que no aceptó ser director de Pemex. Se asombró, me respondió que nunca le ofrecieron eso. Le argumenté que sí, que trascendió en aquellos años.

 EN EL BAGAJE CARDENISTA

 Carga en el bagaje la historia de su padre. Hablamos de muchas cosas, todos intervenimos, relajado estaba el hombre, lograba sonreír aunque poco sonríe. El tema de Trump y el México que él ve. No busca ser candidato a la presidencia, el tiempo se le vino encima. Busca un consenso de una mayoría de ciudadanos en todo el país. Algunos sospechan que abre el camino para Miguel Angel Mancera, jefe de Gobierno de CDMX, aunque no lo reconoce. Se le mencionó a AMLO, el amoroso, que entre las encuestas puntea para ser presidente. Cabeceó, como lo hacía Jared Borguetti. En una rica cena de tres tiempos, dirían los chefs que saben de estas cosas: crepas de jaiba y pollo, arroz con plátanos y pescado a la Vizcaína, Manolo habló de la relación de amistad entre sus parientes, el General Manuel Ávila Camacho y su abuelo Maximino, y el General Lázaro Cardenas, cuando en la sucesión de 1940 Lázaro le entrega la presidencia a Ávila Camacho, y se habló que rompió con Francisco J. Múgica, su gran aliado en la Expropiación. Contó Francisco Martin Moreno en su libro ‘México Negro’, que cuando los ingleses y americanos, dueños de las compañías expropiadas, llegaron corriendo a Palacio Nacional, Múgica los atajó en la puerta. Iban a rendir la plaza y decirle al presidente que aceptaban todas las condiciones. Múgica les dijo que era demasiado tarde, que el presidente trompudo, como le llamaban despectivamente, en ese momento hablaba a la Nación informando de la Expropiación Petrolera. Luego, el pueblo salió a la calle a la gran colecta, a donar desde gallinas hasta cochinitos y lo que tuvieran a la mano. Años después, el sindicato petrolero corrompió a la empresa y se volvieron millonarios, todos, funcionarios y directivos de Pemex, pero esa es otra historia. Manolo siempre rompe su cava y ahora ofreció un vino de hace 35 años, la plática se desarrollaba en la animosidad. La historia nos envolvía. Su padre, junto a Benito Juárez, son los dos mexicanos de referencia nacional, como lo son Washington y Lincoln en Estados Unidos. De las historias, cuando, no siendo ya presidente, y ante la amenaza de invasión americana a nuestros campos petroleros, Ávila Camacho llamó a Lázaro a que se hiciera cargo de la partida militar. Polvo de aquellos tiempos, cuando la Revolución se bajó del caballo y poco tiempo después llegaron los civilistas mañosos con Miguel Alemán Valdés, y el mundo no volvió a ser el mismo. A las 11, como Joaquín Sabina, que nos dieron las diez y las once, partimos de regreso. Caminó por esa bella hacienda y vio los libros de recuerdos. Armas de colección que datan de la Revolución. Al otro día por la mañana, en el hotel donde pernoctó, la yunista rectora Sara Ladrón de Guevara llegó a desayunar con el único hijo de un presidente mexicano, que a punto estuvo de lograr ser como su padre, presidente. Más tarde partió a la USBI, a presentar el libro ‘Cárdenas por Cárdenas’, allí luego partí de regreso a mi aldea, por la cara, mala y peligrosa autopista de Capufe, pero ni hablar, allí me tocó vivir, como dice Cristina Pacheco.

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*Esta es opinión personal del columnista