Diálogos con “El Negro” Cruz*

19 octubre 2016
18:22 hrs

La congruencia entre el decir y el hacer

“La mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendan ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos.” Elena G. de White, Libro de la Educación.

No cabe duda que algo que nos cuesta gran trabajo es ser congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos, solemos ser muy preclaros para dar consejos, pero a la hora de aplicarlos nos atoramos en más de una ocasión.

Sin embargo, este tremendo dilema cobra más relevancia cuando de servidores públicos se trata, en virtud de que sus inconsistencias afectan a la sociedad en su conjunto y no solo al entorno familiar cuando hablamos de simples ciudadanos.

De entrada, al rendir protesta de sus cargos, los funcionarios prometen “cumplir y hacer cumplir las leyes”, a riesgo de que si no lo hacen, la ciudadanía, justamente, se los demande.

La cuestión radica, en que somos testigos, de cómo en los años recientes este compromiso asumido al iniciar el desempeño de un cargo se ha vuelto una vacilada y nos referimos a servidores públicos de todos colores y sabores.

En lo cotidiano, constatamos al transitar por las calles de cualquier ciudad media del país, como los integrantes de la cúpula gubernamental hacen alarde de poder, al circular escoltados por un grupo de guaruras en tres o cuatro camionetotas que forman ostentosas comitivas, mismas que suelen conducirse con particular prepotencia.

En este contexto, los funcionarios siempre nos afirman que la “ciudad y/o el estado están en paz”, que la inseguridad son “hechos aislados” magnificados por los medios, que se empeñan en publicar las “malas noticias”, que cachaza.

Además, en este mismo sentido, la alta burocracia ya se olvidó de viajar por las carreteras, solo lo hacen vía aérea con cargo al erario, lo que también los lleva a “concluir”, que los caminos que transitan los gobernados son “excelentes”, producto de la incansable “supervisión y mantenimiento” de que son objeto.

Pero ahí no para la cosa.

Los grupos de poder suelen contratar para sus integrantes más privilegiados, seguros médicos de gastos mayores que son pagados con los impuestos del contribuyente cautivo. Dichos seguros les permiten atenderse en exclusivos hospitales privados, por lo que no tienen la menor idea de las carencias en las clínicas y nosocomios públicos. Claro está, no reparan en decir que la población goza de cobertura total “digna” en materia de salud pública.

Celulares, viáticos excesivos, comidas en los mejores restaurantes, viajes al extranjero para “atraer inversiones”, y un largo etcétera, son otras de las canonjías que disfrutan los “sufridos” funcionarios que así demuestran su gran “vocación de servicio”.

Podríamos citar más ejemplos de esta perniciosa incongruencia, pero preferimos rematar diciendo que la malversación de los dineros públicos es lo más lacerante para la sociedad toda, en especial para los grupos vulnerables. No se puede poner en riesgo ni la salud, ni la educación, ni la seguridad de nadie, por citar tres privilegios que todas las y los mexicanos tienen garantizados a nivel de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

Es tiempo de que la clase política en general, haga un alto en el camino y reflexione sobre las sabias palabras de Elena G. de White citadas al inicio de esta reflexión. La nación se los demanda.

*Vivencias de Rafael “El Negro” Cruz, editadas por Javier Roldán