El Constituyente de 1917 y la lucha de las mujeres mexicanas

6 febrero 2017
14:19 hrs
Zaida Alicia Lladó Castillo

“Toca ahora a vosotros coronar la obra, cuya ejecución espero dediquéis toda la fe, con todo el ardor y con todo el entusiasmo que de vosotros espera vuestra patria, en las que tiene puestas sus esperanzas y aguarda ansioso el instante en que le de instituciones sabias u justas”.
Venustiano Carranza
Palabras al Congreso Constituyente de 1917.

 

Hoy hace 100 años, México estrenaba una nueva Constitución Política, la tercera en su historia, que con sus reformas, resumía las anteriores: la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos de octubre de 1924 y la Constitución Política de la República Mexicana de febrero de 1857. 60 años después ésta surgía en una época convulsionada en nuestro país, frente a hechos como la caída del Gobierno de Porfirio Díaz, la revolución de 1910, la conspiración de Victoriano Huerta,  el asesinato de Francisco I. Madero,  el Plan de Guadalupe y la integración del Ejército Constitucionalista creado por Venustiano Carranza para restaurar las instituciones, que dieron pie en 1916 a las elecciones de diputados al Congreso Constituyente que finalmente culminaría en la instalación de esa instancia en la ciudad de Querétaro, un 5 de febrero de 1917.

Ley suprema mexicana, que desde su origen dio prioridad a los derechos humanos con la protección de los grupos menos favorecidos de la sociedad, marcando con ello nuevas rutas no solo para México, sino para el mundo. Pero, aunque la Carta magna era un documento adelantado a su época, la sociedad que prevalecía en nuestro país era netamente conservadora y aun tendría que madurar mucho para estar a la altura de sus expectativas. Y ese conservadurismo afectaba fuertemente a las mujeres.

Y la mejor demostración fue la resolución que otorgara el propio Congreso Constituyente de Querétaro en  1917 de no considerar la petición que hacían un grupo de mujeres de otorgarles sus derechos políticos, hecho que generó decepción en su momento.

Pero la pretensión del Constituyente, no era negar la participación de las mujeres en los asuntos públicos, sino que existían razones que en el momento se hacían valer, la gran desconfianza respecto a si su lealtad era mayor con la iglesia, que con la Nación. Igualmente el gran temor –según la percepción de la época–,  de que las mujeres se desobligaran de sus funciones tradicionales como formadoras de la familia por dedicarse a los asuntos públicos,  como lo afirmara el dictamen de fecha 25 de enero de 1917, que firmaran los diputados Francisco J. Múgica, Enrique Recio, Enrique Colunga, Alberto Loman y L.G. Monzón, como integrantes de la Comisión revisora, que a la letra decía:

“El  hecho  de que algunas mujeres excepcionales tengan las condiciones necesarias para ejercer satisfactoriamente los derechos políticos no funda la conclusión de que éstos deban concederse a las mujeres como clase…la dificultad de hacer la selección, autoriza la negativa. La diferencia de los sexos determina la diferencia en la aplicación de las actividades; en el estado en que se encuentra nuestra sociedad, la actividad de la mujer no ha salido del círculo del hogar doméstico, ni sus intereses se han desvinculado  de las de los miembros masculinos de la familia ; no ha llegado entre nosotros a romperse la unidad de la familia, como llega a suceder con el avance de la civilización; la mujeres no sienten, pues, la necesidad de participar  en los asuntos públicos, como lo demuestra la falta en todo movimiento  colectivo, en ese sentido; por otra parte, los derechos políticos no se fundan en la naturaleza del ser humano, sino en las funciones reguladoras del Estado en las funciones que debe ejercer para que se mantenga la coexistencia de los derechos naturales de todos; en las condiciones en que se encuentra la sociedad mexicana, no se advierte  la necesidad de conceder el voto a las mujeres(Ibíd: 601).

Con ese resolutivo olvidaba el Constituyente que desde el siglo XIX, habían existido diversos acontecimientos que dejaban clara la intención de las mexicanas por participar en los asuntos nacionales. Olvidaba el Constituyente,  la participación heroica de figuras femeninas en los movimientos independentistas de 1810, nombres de mujeres que habían quedado inscritos en esa gesta, modelos de valor y de patriotismo. Se olvidaban también de los primeros intentos de superación de la mujer, iniciados en la creación de los círculos sociales femeniles con tendencias ideológicas de carácter liberal, como los movimientos de Yucatán en 1870 que fundaran las escuelas para niñas e hicieran notar frente a sus gobiernos locales, su deseo por  aspirar a “un pueblo donde las mujeres tuvieran igual derecho a la educación que los hombres” Gargallo, en Emanuelsson, 2006).

Desconocía el esfuerzo de valentía de las primeras expresiones feministas –de fines del siglo XIX–en el periodismo y en la literatura. Como también el sacrificio de las mujeres de la clase obrera, que al inicio del siglo XX  participaran en sus centrales y grupos,  luchando por mejores condiciones laborales haciendo suyo el derecho de huelga y enfrentándose a los esbirros del Porfiriato. ¿O acaso no contaba la figura de las “soldaderas” que participaran en los movimientos revolucionarios de 1910 y que permitiera a las mujeres que seguían a sus “hombres”, modificar su papel tradicional en la familia para involucrarse en una lucha en la que creyeron y defendieron?

Todas esas etapas consideradas de creación y construcción de la nación entre 1910 y 1917 previas al Constituyente, se olvidaban de súbito con la resolución de no otorgar a las mexicanas sus derechos políticos.

Y es que también en el fondo existían otras  razones que pesaban en esa época.

La estructura patriarcal y religiosa ejercía un fuerte predominio sobre la mayoría de las  mujeres mexicanas influyendo en ellas de manera notoria en su forma de pensar y de actuar, incluso en la forma en que elegían su vida. Por lo tanto su papel era remitido prioritariamente al ámbito doméstico, estando limitadas en su capacidad de decisión, aunado a su escasa preparación  y su fuerte dependencia económica hacia la figura del varón y de la clase eclesiástica, lo que se veían como serias  limitantes que hacían difícil concebir que la mujer incursionara en la vida pública.

Sin embargo, eso no excluía el hecho de la existencia de mujeres vanguardistas, que aunque en menor número,  se preparaban y luchaban por diferentes causas y empezaban a  identificarse en ocupaciones diferentes a las tradicionales.

Habían surgido discretamente, diversas  clasificaciones en sus roles: aquellas que aunque privadas del espacio público se preocupaban de enterarse de las causas patriotas o nacionalistas, sin dejar de desempeñar su papel de madres, hijas o esposas;  O aquellas que se incorporaban lentamente a las instituciones de nivel medio y superior y que respondían  a una estrategia de integración nacional, de ahí que fueran reconocidas maestras, enfermeras, medicas, comunicadoras (telegrafistas) y aquellas otras insertas a las plantas laborales de las empresas e industrias. O las que frecuentaban los círculos  intelectuales, creadoras y productoras de cultura. Todas mujeres que empezaba a despertar en la visión de sí mismas y que amaban a su nación defendiendo su cultura, historia y soberanía.  Eso significaba que la etapa del despertar ya estaba corriendo, pero poco se le daba importancia.

Un año antes de la creación de la Constitución , las mujeres que participaban en forma organizada y apoyadas por los gobiernos y que pugnaban por mejores condiciones de vida, asistían al Primer Congreso feminista organizado en Mérida Yucatán del 13 al 16 de Enero de1916, que fue un precedente importante pues ya el discurso era el derecho a la igualdad, a la educación y al ejercicio de una ciudadanía plena que le permitiera a éstas participar,  junto con los varones,  en la construcción de una sociedad más justa, democrática y moderna .

Por eso en los primeros meses del año 1917, días previos a la organización del Constituyente en la ciudad de Querétaro, mil mujeres firmaron un documento y una vez instalado éste, se hizo llegar por un grupo encabezado por Hermila Galindo de Topete, que exigió ser recibida. Era la oportunidad esperada para que las mexicanas fueran atendidas y qué mejor que en esa instancia tan valiosa.  Sin embargo, el tema ni siquiera fue discutido por los congregados en el Teatro de la República, sólo se  tomó la decisión de: no otorgar el voto a la mujer, por ese prejuicio cultural que generaba desconfianza hacia su criterio y madurez, a la hora de elegir a sus representantes. Y esa gran negativa, que fue  un “balde de agua fría” para las mexicanas,  se convirtió en el mayor acicate para redoblar el esfuerzo y continuar con su justa lucha, que en los años y décadas siguientes, cada vez fue más fuerte y mejor organizada.

Porque después de ello, las mujeres mexicanas encontraron muchas formas de participar, proliferando en el tiempo  las Ligas femeniles, Frentes, Consejos, etc., hasta llegar a incursionar en los partidos políticos—desde 1929 hasta la fecha–, venciendo resistencias, consiguiendo logros y haciendo valer su capacidad y entrega a las causas sociales y políticas del país.  Hoy el quehacer nacional no se justifica ni se explica ya, sin la capacidad e inteligencia de las mujeres mexicanas, lo que quiere decir que la lucha no fue en vano. Gracias y hasta la próxima.

 

NR. Esta es opinión personal del columnista.