El Quetzal, Ave ‘Punk’

Su cola seduce a hembras de su especie, y a culturas enteras. Sus plumas son manifestaciones poderosas de civilizaciones y de la naturaleza

El impresionante tocado perteneció al último rey azteca y esta conformado por plumas de quetzal, piedras preciosas y oro.
24 septiembre 2016 || 9:43 || El País
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En las culturas precolombinas, el Quetzalcóatl era la deidad protectora del cielo y la tierra. Su figura era representada como una serpiente emplumada, coronada con plumas de quetzal. El serpenteo simbolizaba el dominio de la tierra, el plumaje el dominio del viento. Por eso, para los antiguos mayas y aztecas, el quetzal era el dios del aire.

Las plumas de la cola eran veneradas como una alegoría del crecimiento de las plantas. Además, se usaban como moneda de cambio. Eran muy valiosas y los más poderosos las llevaban en sus atuendos. De esta manera, gobernantes y nobles se distinguían del resto acercándose al dios Quetzalcóatl. Uno de los tocados más famosos es el penacho atribuido a Moctezuma. Para conseguir las largas plumas iridiscentes, debían capturar al ave y después liberarla. Matar a un quetzal era un crimen castigado con pena de muerte.

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Encontrar un quetzal no es tarea fácil. Habitan en bosques húmedos cubiertos por una niebla espesa y oscurecidos por un denso dosel. Un ambiente que lo recubre, aún más, de enigma y misticismo. De hecho, los conquistadores no lo descubrieron hasta finales del siglo XVIII. Ciegos por el oro, pensaron que su existencia era mera imaginación indígena. Fue en el 1796, en una expedición botánica financiada por Carlos IV, cuando el naturalista José Mariano Mociño capturó algunos ejemplares en las selvas chiapanecas. Más tarde, en 1832, su discípulo, el naturalista mexicano Pablo de La Llave, lo describió y nombró por primera vez.

Para designar el género usó el término Pharomachrus, del griego antiguo pharos, “manta”, y makros, “largo”, en referencia al plumaje, y bautizó a la especie como mocinno, rindiendo homenaje a su mentor y descubridor. Actualmente, bajo el nombre de quetzal, se reconoce a todas las especies, tanto del género Pharomachrus como el Euptilotis, que carecen de una cola tan larga.

La especie más llamativa es, sin duda, Pharomachrus mocinno, en especial, el macho. Su cola es mucho más larga que la de la hembra (puede llegar a medir 65 centímetros), también es más grande, colorido y brillante, con un pecho rojo y una cresta al más puro estilo punk. Aunque es una ave de carácter discreta y cautelosa, su vestimenta denota lo contrario.

Foto: web
Foto: web

Con semejante plumaje, exhibe más gallardía que nadie. Además en época reproductiva, el macho se salta la veda de la timidez cantando y bailando para atraer al sexo opuesto. Seducir con danzas, romances y color significa exponerse a los peligros del bosque; hacerse visible ante competidores y depredadores. Pero los temerarios son atractivos a los ojos de las hembras. Sus parejas sexuales tienen preferencia hacia ellos por ser capaces de sobrevivir a pesar del hándicap que les suponen la notoria ornamentación. En última instancia, las ventajas son mayores que las desventajas. No se trata de una vana coquetería, la atracción tiene un significado trascendental: los polluelos heredarán los genes del pintoresco progenitor, aumentando así su probabilidad de sobrevivir y perpetuarse. Un macho vistoso es el reflejo indirecto de una buena genética, y por lo tanto de una buena descendencia. Una madre debe pensar en sus hijos, ya antes de ser madre. Asimismo son monógamos y el macho también cuida de las crías. La elección es vital, la selección sexual.

Hoy en día, el quetzal es el ave nacional y la moneda oficial de Guatemala. Los guatemaltecos han heredado su veneración de las culturas mesoamericanas. La historia narra que el príncipe guerrero Tecún Umán fue herido de muerte por el conquistador Pedro de Alvarado en 1524. La leyenda cuenta que un quetzal se posó en su sangre y se tiñó el pecho de rojo. Otros afirman que el ave dejó de cantar después de la conquista española, pero volverá hacerlo cuando la tierra sea liberada. Sus colores y plumas serán siempre un emblema nacional y cultural, pero más allá de ser un símbolo son la clave detrás del éxito reproductivo. Lo que a nuestro parecer es majestuoso e icónico, adquiere otro significado en el mundo salvaje; es el pasaporte hacia la perpetuación de los genes. Ni más ni menos que el propósito de la vida.