Indígenas nahuas celebran realizan una tradición milenaria con sus muertos

Mariposas blancas anuncian llegada de los “fieles difuntos”en los verdes campos de las altas montañas

Foto: Noreste
28 octubre 2016
11:45 hrs
Emilio González

Orizaba, Ver.- Cuando las mariposas blancas revolotean sobre los verdes campos de las altas montañas, los indígenas nahuas saben que es hora de preparar la ofrenda a los muertos.

El maíz está a punto de ser cosechado y las flores, nardos y azucenas se entremezclan con las milpas; entonces las ánimas, en forma de mariposas, anuncian su llegada, portando un mensaje que año con año se repite manteniendo así una tradición milenaria entre los pueblos de la sierra de Zongolica.

En el municipio de Astacinga, al fallecer un indígena, se le busca un padrino diferente al de bautizo. El “padrino de muerte” baña y viste al cadáver con ropa nueva. Para el velorio, tanto de hombres como de mujeres, los asistentes llevan canastas con flores, cuatro o cinco velas, café y piloncillo, y si es posible una gallina.

Por lo regular, todo el pueblo asiste al velorio y come en la casa del difunto. En el fondo de la sepultura colocan una cruz de madera, encima de ella ponen la caja, de tamaño muy reducido, como ciñendo el cuerpo del difunto; la tumba se cubre con tierra y con flores y sobre ella, se coloca una pequeña cruz de palma. El agua con la que se bañó el cuerpo se coloca en el sitio donde se veló y ahí mismo se pone un bulto con la ropa que se le quitó y el petate donde reposó. Estos objetos permanecen en ese lugar 40 días, y durante ese lapso, cuando algún familiar visita la casa, primero debe pasar por donde está el bulto y hacer una reverencia, rezar y sahumarlo. Pasado este periodo se sacan la jícara con agua, el bulto y las flores que quedaron y se entierran.

En Xonamanca, municipio de Tequila, tienen la creencia de que los indígenas siempre van al cielo, y colocan en la caja mortuoria pan, un carrizo tapado conteniendo agua y dinero por si le hace falta en el camino.

Foto: Noreste
Foto: Noreste

En la población de Rafael Delgado se busca un padrino para levantar la cruz, aquí también se acostumbraba bañar al muerto; el padrino solamente lo viste y le coloca unos huaraches de penca de maguey; sobre el cuerpo se ponen muchos otros víveres que le sirven al difunto para alimentarse y defenderse en el camino al otro mundo. Una vez colocadas las ofrendas se tapa el cuerpo y se efectúa el velorio.

Al regresar del entierro la familia les da de comer a los dolientes: mole, si tiene posibilidades económicas, o sólo tortillas y frijoles si es una familia modesta. En el lugar donde falleció la persona se pone una cruz adornada con flores; el padrino levanta la cruz a los ocho días, al mes y al año de la muerte, y con esta ceremonia termina su compromiso.

La costumbre consiste en levantar la cruz a los 40 días, pero en Xochiopa lo hacen a los nueve, y para esto se busca una madrina o un padrino que lleva una cruz bendecida a la casa del fallecido y la coloca en el sitio donde murió; a media noche la recuestan en la pared para llevarla al panteón al día siguiente. Cuando se levanta la cruz de difuntos no se acostumbra hacer fiesta, a menos que hayan sido niños.

ANTES DEL 31 DE OCTUBRE SE ARREGLA EL CEMENTERIO

El 31 de octubre en la víspera de Todos los Santos a las cuatro de la mañana sacrifican un becerro, a las siete adornan los altares con papel picado y flores. A las 10:00 se hacen rezos en la iglesia. Y en la noche regresan al santuario y se quedan allí hasta el amanecer. A las dos de la mañana se toma café y se comen tamales.

El 1 de noviembre es el día de la fiesta de “Todos los Santos”. A las cinco de la mañana se queman cohetes y tocan las campanas de la iglesia. A las doce del día empiezan los preparativos en las casas, ponen flores, encienden cuatro veladoras en los extremos de la cruz de pétalos y ponen un vaso de agua bendita. Se tocan las campanas las veinticuatro horas. A las tres de la tarde empieza la procesión alrededor de la iglesia, van al panteón y ponen flores, veladoras y ofrendas de alimentos en las tumbas. En la noche todos se encierran en sus casas. A las ocho salen a la calle en dos grupos de diez. Van a rezar de casa en casa con una cruz, una campanita y agua bendita. En cada casa les dan limosnas.

El 2 de noviembre es la fiesta de los “Fieles Difuntos”. A las 10:00 de la mañana los cantores rezan en todas las tumbas que les pidan. Cobran por rezo. Se ponen coronas de papel “crepé” mojadas con parafina. Después del medio día van a sus casas comen y beben.

En el mercado de la ciudad se puede observar, en la última semana de octubre, que en las floristerías empiezan a vender las tradicionales flores de muerto: “moco de pavo”, “mano de león” y “alhelí”. En muchas panaderías dejan de hacer el pan común y sólo producen pan de muerto.

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Las mandarinas, guayabas, tejocotes, naranjas, jícamas y camotes son los de mayor demanda en las verdulerías y fruterías; las velas y cirios de cera se pueden comprar en cualquier tienda, así como candelabros de barro o tronco de palma. No falta tampoco el tradicional papel picado “papel de China” en múltiples diseños y colores, desde calaveras hasta figuras de la Virgen de Guadalupe, y las canastas frutales. Otra tradición es la de las calaveras de azúcar o chocolate, que tienen en la frente grabado el nombre de las personas muertas, además de las palomas blancas, los rehiletes y los cestitos de colores.

Las mujeres hilan flores para colgarlas junto al papel picado; preparan la comida para servirla en ollitas de barro recién cocidas, adornan los altares con frutas tropicales y prenden las velas y el copal.

Foto: Noreste
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El día primero de noviembre está dedicado a los angelitos, es decir a los niños, por lo tanto hay que preparar comidas en blanco o caldos sin chile, para que puedan ser saboreados por los delicados paladares infantiles. Se espera que lleguen siguiendo el camino de pétalos de cempasúchil “flor de muerto”, que se colocara como guía desde el panteón hasta cada uno de los altares.

En el altar de adultos no se puede permitir que los niños estén frente al altar porque los pueden tentar los muertos, como tampoco pueden regañarlos ese día porque se los llevan los muertos.

Ofrendas a padrinos: los niños llevan mole, tamales y frutas a casa de sus padrinos. La madrina le dice “que no lo hubiera traído” y el niño le responde “mi madre se lo manda y por eso yo vengo”. Le dan café y pan al niño, vacían los trastes y le pueden dar algo de lo que ellos prepararon “para que mi comadre también lo pruebe”.

Entre la espesa neblina de las montañas, en las frías mañanas de finales de octubre, las mujeres caminan presurosas para llegar al mercado y adquirir todo lo necesario para la ofrenda: amarillos y frescos cempasúchiles, roja e intensa mano de león, velas, veladoras de cera y cebo, aromático copal, naranjas, dulces manzanas y perfumadas guayabas; cigarros y tabaco de hoja.

Para esto ya debe estar desgranado el maíz, se debe estar preparando la masa para los tamales, se debió encargar el pan eligiendo las imágenes, y se lavaron los manteles para una mesa grande dispuesta en la habitación más importante de la casa.

Los músicos se alistan; cada instrumento es tratado con respeto, se limpia y pule para tocarlo en la fiesta, pues con cada nota emitida se restauran los lazos del parentesco y se establecen las bases de la relación de los vivos con los muertos.

Foto: Noreste
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Primero, el altar se adorna con las flores como nubes, cempasúchil y cresta de gallo; las velas, el copal que perfuma el ambiente, los alimentos como el mole y los frijoles; las bebidas como el mezcal o el chocolate; las frutas como la calabaza o los garbanzos en dulce; y objetos que fueron del gusto de los difuntos.

Mención aparte merece el pan decorado con flores de azúcar en varios colores, con caritas de ángeles maquilladas con anilina y boquitas pintadas de rojo intenso y formas geométricas en las que expresa toda la creatividad de los panaderos.

Esa noche es de recogimiento, sólo el crepitar de los carbones donde se quema el copal rompe la paz.