La casa donde el presidente Kennedy empezó a soñar

La casa del 83 de la calle Beals pasó a manos de un consejero de Kennedy padre, Edward Moore, y a otras muchas manos más

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18 septiembre 2016 || 9:42 || Alberto Amato
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El año próximo, cuando se cumpla un siglo del nacimiento de John F. Kennedy, una pequeña casa del vecindario de Coolidge Corner, en Brookline, a pocos minutos del centro de Boston, va a estar de fiesta. Es la casa natal de JFK, trigésimo quinto presidente de Estados Unidos, el primer católico, y el único hasta ahora, en haber llegado a la Casa Blanca y el primero también en haber nacido en el siglo XX, que ya es historia.

En la tranquila barriada de Coolidge Corner, la casa del 83 de la calle Beals es una excepción: es chica, tiene tres plantas, un patio trasero, un estilo colonial ya perimido y, si se quiere, un aspecto de casa pobre, madera basta pintada con esmero, cerco de madera, flores al uso, que contrasta con el estilo amplio y moderno de las mansiones que la rodean. Es, en efecto, una casa de principios del siglo pasado. Y se alza casi tal como la compró el padre de Kennedy, Joseph P, cuando era presidente del Columbia Trust Bank y estaba a punto de casarse con Rose Fitzgerald, en 1914.

Ese aspecto anacrónico, en lo arquitectónico y estético, está ligado a la historia misma de la casa natal de JFK, asesinado en Dallas el 22 de noviembre de 1963, dos meses antes de cumplir tres años en el cargo y cuando todo apuntaba a una fácil reelección en noviembre de 1964. La casa estuvo perdida en el olvido hasta el crimen de Dallas. Entonces, todo volvió a empezar y sigue hasta hoy, cuando sobrevive custodiada por los “rangers” del National Park Service y convertida en sitio histórico estadounidense y atractivo turístico internacional.

Joseph y Rose Kennedy se mudaron recién casados a esa casa: eran dos jóvenes ricachones. Ella provenía de los Fitzgerald irlandeses que amasaron su fortuna en el esplendor del crecimiento estadounidense posterior a la Primera Guerra Mundial, y con negocios no del todo santos, por decirlo de algún modo.

Joseph Kennedy no corría detrás de los Fitzgerald, sobre todo en negocios turbios. Pero en el momento de casarse con Rose Kennedy era un próspero financista, hábil especulador en la Bolsa y todavía no había entrado de lleno en el lucrativo contrabando de alcohol que iba a desatar en los años ’20 la Ley Seca y que incluia cierta inevitable vinculación con la mafia, ni tampoco había entrado en los vaivenes del negocio cinematográfico de Hollywood, que empezaba a despegar.

En el pueblo de Coolidge Corner, en su mayoría protestante, no había nada cuando llegaron los católicos Kennedy. Sólo un par de casas desperdigadas en los arrabales -hoy viven allí más de sesenta mil almas- y un páramo verde que fue el escenario de los primeros juegos de los chicos Kennedy. En esa casa nacieron Joseph Jr, que moriría en la Segunda Guerra, John, un lluvioso 29 de mayo de 1917, Rosemary y Kathleen.

La casa entonces quedó chica y los Kennedy se mudaron muy cerca, a una mansión levantada en la esquina de Abbottsford y Naples, donde vivieron hasta 1927, cuando se mudaron a Riverdale, en el alto Manhattan.

La casa del 83 de la calle Beals pasó a manos de un consejero de Kennedy padre, Edward Moore, y a otras muchas manos más, que la reformaron, enriquecieron y adaptaron a los nuevos tiempos. Cuando Kennedy fue asesinado, las crónicas revelaron la dirección de su casa natal y Colidge Corner se transformó en un sitio de peregrinaje: más de diez mil personas por día desfilaron en la semana que siguió al asesinato del presidente en Dallas. En 1966, Rose Kennedy volvió a comprar la casa a sus entonces dueños, la familia Pollack, llamó al arquitecto y diseñador de interiores Robert Luddington, y la restauró tal como era cuando el nacimiento de JFK. Después la donó al barrio y al servicio de guardaparques, que se encarga hoy de su mantenimiento, para convertirla en lo que es: un museo y reliquia dedicado a guardar la memoria y el legado de Kennedy.

Todavía conserva dos rasgos de tremendo lujo para la época en que fue construida y habitada por los Kennedy: un piano, regalo de bodas para Rose y el baño de la planta superior que incluía lo increíble: inodoro enlozado y ¡bañera! Esos dos objetos son parte del diecinueve por ciento de los muebles originales que conserva la casa, entre ellos la cama donde nacieron los primeros cuatro bebés Kennedy, en el dormitorio central de la segunda planta.

Comedor y living miran a la calle que fue de tierra y hoy muestra indicios del barrio próspero y acomodado: bicicletas infantiles en los jardines, carteros que recorren las calles en bermudas, carteles azules en los jardines (“Nosotros apoyamos a Hillary Clinton”).

El comedor conserva la mayor parte de los muebles y vajilla de la época; está unido por una puerta estrecha a una cocina con un horno alimentado a carbón y gas, un piletón plomizo, una heladera que funcionaba alimentada por barras de hielo y, en un rincón, una réplica en miniatura del comedor principal, con el que los chicos Kennedy jugaban a ser grandes. La planta alta alberga el dormitorio matrimonial y otros dos, destinados a los dos varones y a las dos chicas, usados hasta la mudanza a la calle Abottsford, un boudoir de Rose que usaba como oficina privada y una escalera que lleva a la tercera planta, donde vivían en dos cuartos las dos criadas y niñeras de la familia, la francesa Alice Michelin y la irlandesa Mary O’Donahue.

En esta casa, el chico que sería presidente atravesó los primeros dramas de una salud frágil que lo tuvo a maltraer toda su corta vida. Tales eran los males que aquejaban al pequeño John que la familia, como parte de la educación sentimental de los hijos, ironizaba sobre los riesgos de una plaga de la época: los mosquitos. “Si uno de ellos pica a John –decía el viejo Kennedy– morirá de inmediato … el mosquito”.

La leyenda dice que en el estar, para el que no existían todavía ni la televisión ni los grandes equipos de sonido, la familia se reunía después de la cena temprana: los chicos a leer, a rezar y a la cama. La pequeña biblioteca infantil guarda las réplicas de los dos libros preferidos de quien sería presidente de Estados Unidos: “Billy Whiskers y sus muchachos” y “Los caballeros del Rey Arturo”.

Una extraña parábola de infancia: luego de su asesinato, la presidencia de Kennedy, el impulso que dio a la política norteamericana, el empuje de optimismo e idealismo que proyectó hacia un mundo acechado por la amenaza de una guerra nuclear, el breve instante de esplendor que dejo a modo de estela su paso por a Casa Blanca, serían bautizados como Camelot, los míticos fortaleza y reino del Rey Arturo.

Kennedy regresó de Nueva York a Boston, aunque no vivió en Coolidge Corner ni volvió a Brookline, a los 19 años, en 1936. Quería estudiar en Harvard, de donde egresó con honores en Ciencias Políticas en 1940. Su tesis de doctorado, “Why England Slept” (Por qué dormía Inglaterra), trató sobre la apatía británica ante el ascenso de Adolf Hitler. Los opositores políticos de Kennedy sostuvieron años después que la tesis debió titularse “Why My Dad Slept” (Por qué dormía mi papá): Kennedy padre era embajador de Roosevelt en Gran Bretaña en los mismos años de ascenso al poder de Hitler, y le asignaban cierta simpatía, o al menos empatía, con los nazis.

En 1945, después de la guerra y de un breve paso como periodista de los diarios de la cadena Hearst durante el nacimiento de las Naciones Unidas, JFK ganó su banca de senador por Boston, un sitial que en pocos años lo llevaría a la presidencia. Y a la muerte.

Si es verdad, como decía Jorge Luis Borges, que la patria de un hombre es el sitio donde pasó su infancia, la patria de JFK pervive en la arbolada calle Beals donde casi ya no quedan restos del pasado, con excepción de ese pedazo de tierra y esas maderas que testimonian el inicio de una vida trágica y brillante.

Con información de Clarín