La Estabilidad Política, Un Bien Preciado

3 octubre 2016
10:44 hrs

 

Por: Jorge Miguel Ramírez Pérez

Muchos años México gozó de estabilidad política, fue su principal activo desde 1928 y fue el argumento más creíble para que el PRI siguiera gobernando durante la guerra fría, cuando el sistema se agotaba y necesitaba convencer a los ciudadanos que cualquier movimiento que desestabilizara al país iba ser  de consecuencias irreversibles.

Muchos inclinados hacia el socialismo o hacia las formas liberales de la política, entendían que si desestructuraban la estabilidad, el espectro político sería demasiado frágil como para planear acciones elementales.

El fantasma permanente de golpes de estado de militares sudamericanos, los demagógicos fracasos de Cuba, admirada de voz en cuello, despreciada en el círculo íntimo, eran suficientes datos para no desdeñar la consabida estabilidad política.

La estabilidad política se convirtió en un sinónimo del gobierno de México, que en medio de las efervescencias cotidianas del mundo aparecía sin grandes sobresaltos. En aras de ella el pueblo soportó al impopular Díaz Ordaz, a un criminal de estado, perturbado como Echeverría, o simplemente afamados de perturbados con el poder como los demás.

El movimiento de 1968 fue el primero que empezó a socavar el mito, pero el concepto prevaleció aún en la controvertida elección de 1988 y en el cambio democrático, con una alternativa distinta la del 2000, cuando Vicente Fox arribó a la presidencia.

Con todo, el país conservó sus rieles de estabilidad lo suficientemente intactos sobre todo ante la imagen externa, para llevar la carga con todas las vicisitudes.

Esa fortaleza que había sido el inicio de muchos tratos de reputación seria, en negocios y  acuerdos internacionales, en los últimos años adquirió otra connotación, otro perfil que la contradecía.

La violencia de los grupos criminales y el involucramiento en esos negocios turbios de parte de autoridades de los tres órdenes de gobierno, dieron al traste la buena fama estabilizadora.

Y hoy se empieza apreciar la falta que hace el bien perdido, y lo que puede ser más grave, se teme que esa vieja y prolongada estabilidad de lo político, se haya tornado endeble y tortuosa; y al fin caiga en la desgracia.

Lo que pasa en Veracruz dibuja las inestabilidades con precisión y además amenaza con una descomposición mayor que está promovida por los que deberían más que nadie sostenerla, el gobierno en turno, que a pocos días de su salida por la vía que se quiera, se empeñan quienes están al frente, en crear y recrear zozobras con fines ocultos y aviesos.

Lo inédito se va volviendo cotidiano y lo irracional se convierte en el factor esencial para mantenerse en el rencor más profundo. Una lucha por legitimar la corrupción como forma y emblema de gobierno; una defensa a ultranza de la inmoralidad y el latrocinio parecen ser las únicas armas, de quienes se esperaban por lo menos reacciones cercanas a lo civilizatorio.

Llamar a lo malo, bueno y a lo bueno, malo; según los teólogos es la esencia de espíritu del anticristo. Es un ejemplo universalista del criterio esencial de la moral pública.

Y es que la acción de intentar institucionalizar el mal es lo que es reprobable y condenatoria; la comisión del mal es connatural al hombre, su arrepentimiento por ello mediante el reconocimiento del daño perpetrado, es independientemente de su reparación y justa retribución,  un inicio para reconciliarnos con el bien.

Pero cuando el mal se afinca con la pretensión de ser el bien y se expresa en sofismas llenos de necedad como: “lo que se paga con dinero es barato” o  “político pobre, pobre político”, y otras aberraciones mentales; la soberbia ha cegado a los del poder que maquinan con descaro maniobras destructivas y autodestructivas, con tal de enarbolar la propia justicia como medida de todas las cosas. La plenitud del desvarío.

Porque encargarse de agotar hasta el último centavo del erario, con tal de sumir al gobierno entrante en una crisis sin precedentes es una maldad inaudita.

Acumular todos los variopintos  endeudamientos, que se saben impagables de antemano y además andar propalando versiones que causen la inestabilidad de que el curso institucional será interrumpido, sin mayores explicaciones legales o razonables, son actos para desquebrajar la estabilidad de Veracruz y la paz pública.

Una acto de provocación y traición a los ciudadanos que son tratados como menores de edad, que no merecen explicaciones. Porque lo más seguro es que no las tengan y metan en entredicho vergonzoso hasta analistas, que de buena fe fueron víctimas de quienes les soplaron las malas notas.

La estabilidad siempre se puede perder. Cuesta mucho edificarla y se tarda poco en quebrantarla.

Veracruz no tiene la culpa de lo muy mal hecho durante doce años y que incluso se diga que el Gobernante, fue el “Gallito” Palacios de hoy, víctima de su progenitor político que lo uso de carnada.

Porque tampoco se pueden justificar desestabilizando o más bien intentando desestabilizar como represalia partidista perdidosa, cuando ya ni partido tienen.

Lo que el presidente Peña si está obligado, es a sostener la estabilidad y actuar hacia adelante no hacia el pasado. Le toca entender que por más maniobras contradictorias que Ochoa Reza quiera promover,  el daño que han hecho los malos gobernadores  a su partido es incurable,