Las posadas en valle de Orizaba, tradición en vías de extinción

Foto: Noreste
20 diciembre 2016 || 12:06 || Emilio González
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Orizaba, Ver.- El cántico “No quiero oro ni quiero plata, yo lo que quiero es romper la piñata”, y que se escuchaba en patios, barrios y colonias populares del valle de Orizaba, por humilde que fuera, durante los nueve días que anteceden a la celebración de la Navidad, cuando según las Escrituras José y María viajaron a Belén en donde nacería el Niño Dios, están en vías de extinción, al igual que las posadas. El argumento es la crisis económica que golpea al país.

Amada Gómez Sandoval, vecina del patio 3 de Mayo, ubicado en Sur 18 entre Poniente 7 y 5, en las faldas del cerro del Borrego, dice que los altos costos que tienen las frutas, colación, luces de bengala, piñatas e implementos para montar un nacimiento, provocaron que las posadas dejen de celebrarse y que estas bellas fiestas en donde los pequeños obtenían frutas, regalos y sorpresas, mientras las personas mayores convivan con amigos y parientes, vayan quedando en el olvido.

“Hoy, en lugar de cooperar con los vecinos para que haya festejos diarios antes de la Nochebuena, la gente prefiere refugiarse en sus casas y mantenerse alejados de problemas sociales como la inseguridad”.

Pasear por las calles en estas fechas era todo un deleite. En cualquier esquina, era común escuchar la letanía y ver pasar a los pequeños formados, todos ellos con una velita en la mano para alumbrar su camino y quemar los cabellos del compañero que iba adelante. Por su parte, los mayores cantaban y rezaban antes de llegar a la puerta del anfitrión, en donde se pedía posada para finalmente ingresar a la casa entre cánticos, confeti y serpentinas, mientras se recibía un jarro de ponche caliente, con su respectivo “piquete”, que caía como una bendición al estómago por las bajas temperaturas que privan en estas fechas.

Después, los niños y niñas se preparaban para romper la piñata que en su interior encierra frutas, regalos o juguetes y hasta los mayores eran invitados a vendarse los ojos para tratar, con un palo, de romper esas estrellas o figuras hechas de cartón o con ollas de barro en su interior, mientras los presentes coreaban: “dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes un palo te atino”. Entonces era tiempo para el baile y para que los chicos disfrutaran jugando e intercambiando los regalos ganados en la piñata, mientras se repartían canastitas con colación.

 LA JUVENTUD PREFIERE IR A FESTEJAR AL ANTRO

Las posadas, que representan el largo peregrinar de José y María durante nueve días antes de llegar al pesebre en donde nacería Jesús, se han convertido ahora en festejos en donde los jóvenes consumen drogas y alcohol en antros y discotecas. Por supuesto que, además, nadie se acuerda de cantar la letanía, pasear a los peregrinos y, menos aún, de romper una piñata. En esos lugares, las luces de bengala son sustituidas por otras de intensos colores y estrobos, que dan al lugar una atmósfera surrealista.

Con estruendosos equipos de sonido alegran esos locales o cualquier calle por donde resulta peligroso transitar, pues los allí presentes se encuentran con los sentidos embotados por el alcohol y las drogas y se ponen violentos por cualquier cosa.

 ILUMINACIÓN DE PINOS DE NAVIDAD PERSISTE

Para festejar la Navidad y el año nuevo, los gobiernos se esfuerzan por iluminar las principales avenidas y calles, montar espectáculos y organizar pastorelas.

En las casas, sin embargo, se mantienen los árboles de Navidad, una influencia que llegó de Estados Unidos y que vino a desplazar a los tradicionales nacimientos que competían en originalidad y diseño.

 POSADAS DE COOPERACHA, PERO EL 24 DE DICIEMBRE

Aún quedan algunos barrios en donde las posadas se celebran modestamente, pero urge salvar esta tradición que corre el peligro de desaparecer. En caso de no hacerlo, nuestros hijos y nietos solamente las conocerán como uno de los muchos recuerdos que tienen los abuelos para contarles en sus días de nostalgia.