LOS PICUDOS EN LOS AVIONES

27 septiembre 2016 || 10:03 || Columna
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Por  Gilberto Haaz Diez

*Viajamos para cambiar, no de lugar, sino de ideas. Camelot.

Uno puede cruzar los mares arriba de los aviones, o volar en nuestras aldeas, de Veracruz aeropuerto adonde se te ocurra, que normalmente voy a Reynosa, frontera con Mi Matamoros querido y con Mac Allen, donde los Mall subliman y el Outlet atonta, cuando te das cuenta que, te quedaste sin cash, como Zedillo. Escribo esto porque una periodista del diario El Mundo de España, volando hacia San Sebastián, que es como Tierra Blanca pero sin festivales de cine, en un asiento aledaño al avión encontró al gran Richard Gere, que iba medio incognito, con una gorra y su bella novia acompañante. Gere le hizo la seña de que ‘chitón callada’, es decir, con el dedo en los labios le pidió no dijera nada. Su artículo lo tituló. “El vuelo que rocé a Richard Gere”. Escribió Ofelia Chamorro: ‘Su gorra gris le delataba y todas las imágenes acumuladas de sus películas eternas se me agolparon para ratificar que junto a mí, en las butacas ‘business’ del vuelo IB-8316 de Iberia y acompañado por una mujer rubia estaba Richard Gere. Los tres iniciamos a las 11.45 horas el viaje entre la terminal 4 de Barajas y el aeropuerto de Hondarribia. Gere, nada más sentarnos en nuestros asientos, se llevó el dedo índice a la boca. Silencio. Sólo las dos azafatas y yo sabíamos quién viajaba rumbo a Donosti. Él, su novia española Alejandra Puente y yo unidos durante los 75 minutos del vuelo. ¿Unidos?”. Fin de la cita.

Rememoré los viajes que he hecho y los picudos que he encontrado en los vuelos. Alguna vez, de Madrid a México, al lado iba el político priísta, Pedro Joaquín Coldwel, que hoy es secretario de Peña. Otra vez coincidí con los desmadrosos de Maná, con su estrella Fher. Nada pasaba, allí se ve uno muy naco para pedir autógrafo, como una vez se lo pedí al gran Carlos Monsiváis, en un Sanborns del DF, y una de mis hijas, al preguntar quién era, me dijo: ‘Ay pa’, que naco te viste’. Era un ídolo mío, de las letras. Otra vez vi a Hugo Sánchez en el aeropuerto de México, yo llegaba, él salía a Madrid, donde era su segunda casa. He encontrado a más, pero quien me llamó la atención fue, en un vuelo de Portugal a Madrid, al Conde Lequio, tormento de las mujeres, a ver quién puede con él. Era el socialité en aquellos años de la sociedad española y arrasaba con las mujeres, referencia única en el Hola español. Lo fui observando, quise ver cómo se comportaba un Conde de la realeza española. Comió lo que uno, no sé porque no se fue en primera, me imaginé que no agarró espacio, porque ellos suelen viajar en primera línea. El Conde descendió con su paseíllo como si fuera Manolete, o un torero de esos que salen casi en hombros, el mundo español estaba a sus pies y él lo sabía. Al llegar, saliendo de los equipajes, los paparazis se dieron vuelo. Es lo más cerca que he estado de la realeza. Jamás tan cerca. El vuelo de Lisboa a Madrid demora unos 45 minutos, dependiendo el viento de cola o de frente. Fue rápido, no hubo tiempo de pedirle una entrevista para el Washington Post de Tierra Blanca (Crónica), y me fui viendo cómo se alejaba, como Chaplin cuando contoneaba su bastón.

 ESOS LIOS ESPAÑOLES

 Los viejos políticos solían decir que a los muertos hay que dejarlos en paz, dejarlos descansar, hayan sido buenos o malos. Además, los muertos ya no cometen errores. En España, bendita tierra, aún dilucidan líos de aquella Guerra Civil (1936-1939), cuando Franco y los militares se levantaron en armas, derrocaron la República y se quedaron un ratito, casi 40 años, con mano dura y esténseme quietecitos. De vez en cuando por allí se habla de dinamitar y tirar el Valle de los Caídos, que tiene 500 mil turistas anuales y dejan derrama de 2 millones de euros. Quienes hemos estado allí, es un lugar de tumba fría, de vez en cuando se oyen gritos para demolerlo, ubicado en El Escorial, en la Sierra del Guadarrama, el entonces dictador, el general Franco, ordenó su construcción y está enterrado allí junto con José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, además de 33 872 combatientes en la guerra civil, tanto sublevados como republicanos. Sucede que en Madrid, en la Plaza Mayor le quieren retirar un nombre a una calle de un golpista, el del general Milán Astray, le quieren poner ¡Avenida de la Inteligencia!, por aquel suceso con Unamuno. Va la historia. El 12 de Octubre del aciago año de 1936, según la leyenda, fue «profanado el sagrado recinto, y templo de la inteligencia» de la Universidad de Salamanca, en palabras de Don Miguel de Unamuno, con el grito de «¡Muera la intelectualidad traidora! ¡Viva la muerte!», proferido por un histriónico general José Millán-Astray y Terreros. Serrano Suñer, que no asistió al acto, las trasmutó posteriormente a las más aguerridas y propagandísticas «¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!». José María Pemán, que sí estaba presente, intentó aliviar la tensión creada con otro grito (todo eran gritos, gestos y pistolas) de «¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!». Al fin y al cabo, él se consideraba un intelectual bueno. Unamuno les atizó: “Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.

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