OH ESA NIÑEZ

30 diciembre 2016
12:38 hrs
Columna

Por Gilberto Haaz Diez

*La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse. Camelot

Cuando éramos niños, y lo rememoro porque otro año se va y llega uno nuevo, a revitalizar lo que se pueda, en el caluroso pueblo donde apenas nada había, y se oían silbar los trenes y los ferrocarriles eran un todo, tiempos de Vallejo y Campa, dirigentes encarcelados por un presidente (Lopez Mateos), al que le gustaban los viajes… y las viejas. Cuentan que su secretario, Humberto Romero, todas las mañanas el presidente le preguntaba: “¿Qué toca hoy, Humberto, viajes o viejas?, y dependiendo el humor del jefe sabía adonde se encaminaba esa mañana. En Tierra Blanca nada nos llegaba, como a muchos otros lugares del país, carecíamos de todo. La primera televisión que instaló mi padre fue comprada a una agencia electrónica de Veracruz, llegaron los técnicos y demoraron como tres días para medio agarrar una señal de Telesistema Mexicano, donde veíamos el noticiero de Ignacio Martínez Carpinteyro, antecesor de Jacobo y López Dóriga, patrocinado por la Mercedes Benz. Igual se veían en tarde de domingos de toros al gran Pepe Alameda, narrando sus corridas donde aseguraba que el toreo no es graciosa huida sino apasionada entrega. Apenas y se veía en blanco y negro la televisión. Había que adivinar para dónde se movían las figuras. La altura de esa antena llamada de conejo, era de 15 metros. Hoy nuestros jóvenes solo prenden un botón y tienen todo: Internet, Netflix, Celulares, Face, WhatsApp, Twiter y esas maravillas tecnológicas donde pueden ver cientos de canales y miles de películas. Pero éramos felices correteando lagartijas en el patio y con mi madre saliendo a cazar uno que otro tlacuache, que se metían a comer las gallinas pone huevos. El Tlacuache es un animal inteligente, los nuestros vivían en unas cuarterías y nada tontos, se iban a comer los pollos y gallinas del vecino, para no ser correteados, fijaban su área de confort y supervivencia. En el patio había un gran árbol de aguacates, que por la madrugada, cuando se dormía, se oían caer duro sobre las tejas que, cuando llovía, dejaban pasar las primeras gotas, como aquella rola de Enrique Guzmán: es lluvia, gotas de lluvia. Plantado estaba también uno de guayaba, allí descubríamos en la mañana lo que  escribía García Márquez del olor de la guayaba, que es delicioso, y nos las comíamos, espiando que algunas no tuvieran gusanos. Los amigos éramos los de siempre, aún ahora nos reunimos cinco décadas después, ya atrapados por el tiempo, no todos, unos se adelantaron y los extrañamos y esperamos que algún día nos veremos allá donde andan, nadamás que, como dijera el poeta: para allá vamos, pero no empujen. Los artistas eran los del Rock. Había una nevería Holanda enfrente del parque, oíamos las rolas de Guzmán, César Costa, Angélica y todos aquellos grandes como Elvis Presley y los Platters. Hubo tres cines, ahora no hay ninguno: El Margo, Sección 25 de ferrocarriles (donde mi padre era el programador de las películas, quizá de allí mi afición al cine), y el Tierra Blanca. Las autoridades de ahora no les ha dado el coco para invitar a los Ramírez, dueños de la cadena Cinepolis, a que les pongan cuatro salitas.  Aprendimos a nadar en el rio Arroyo Hondo, hoy secado por Pemex, o El Amate, tomábamos nuestras bicuas (bicicletas), para ir con los charpes o los rifles de posta a apagar una que otra lámpara callejera, en los momentos de maldades infantiles.

 LOS VIAJES A CDMX

 Para ir al DF, ahora CDMX, había que treparse al ADO y viajar toda la noche, no había autopistas horribles de Capufe. Se subía por las Cumbres de Acultzingo. Salía el autobús a las 10 de la noche y llegaba a las 7 de la mañana del otro día. Fui grande a México, creo que de 13 años, una vez mi padre me envió a regrabar una cinta que había llegado en otro voltaje, porque la capital tenía voltaje distinto, allí conocí Bellas Artes, mis cuates me decían que me persigné cuando le vi, no fue cierto. Los conciertos se daban en los pequeños cines, conocimos a Johny Laboriel y los Rebeldes del Rock y los que cantaran. Un día llegó al pueblo Fabricio (Felipe Gil), quien se convirtió en mujer no hace mucho, y un músico de su grupo se enamoró de una dama bellísima, el pobre allí se quedó prendado a vivir, dejó la música y todo. El amor, cuando llega así, pega duro, como escribiera Jaime Sabines: “Amor mío, mi amor, amor hallado de pronto en la ostra de la muerte. Quiero comer contigo, estar, amar contigo, quiero tocarte, verte”. Allí se quedó ese pobre hombre enamorado. Solo llegaba un diario, Excélsior, que era el periódico de la vida nacional; una revista semanaria, Siempre, del maestro Pagés Llergo y la tele de los ahora Televisos.  Había una radio (XEJF), que estaba a cargo de mi padre y de allí mamamos y aprendimos  el contacto y el saber de un medio de Comunicación. Que era de gran importancia, aunque en aquel tiempo solo se programaban música y comerciales. No existían noticieros, no habia presupuestos para ello y eran pocos en el país. Cada aniversario llegaban artistas, uno de ellos eran Los Canarios jalapeños, que luego se convirtieron en Los Joao. La Radio vivió momentos difíciles, lo he comentado en otras columnas, cuando la huelga de ferrocarriles la tomaron los soldados, en un auténtico golpe militar, con toque de queda y toda la cosa. Quienes vivían atrás de la vía, necesitaban un pase militar para llegar a sus hogares, nosotros no pasábamos, éramos de los de este lado. Esa radio ha sobrevivido como medio puntero más de 50 años, sirviéndole a la comunidad, Radio muy querida por los terrablanquenses y lugares circunvecinos. 20 años después llegó el periódico Crónica, antes había uno de paginitas llamado Vanguardia, del Tomate, peligroso y temeroso. Lo dijo por ahí alguien: “Si llevas tu infancia contigo, nunca envejecerás”. O como dijera Pio Baroja: “Me pareció tan bonita que no podía recordar luego cómo era”. Así lo hago, ahora.

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