Viven en pobreza extrema pobladores de El Zapote

Foto: Noreste
16 diciembre 2016
13:11 hrs
Emilio González

Orizaba, Ver.- Las mujeres campesinas de la congregación El Zapote, municipio de la Perla, dicen: “los mando a la escuela o les doy de comer”.

Con una población de 500 habitantes, que viven en extrema pobreza, aquí la miseria es el pan de todos los días. Son analfabetas, y sus esposos sufren alcoholismo, por ello, enfrentan violencia intrafamiliar.

Hijos de la desgracia, el infortunio, y la desdicha, los hombres del campo emigran, pero no a los Estados Unidos, sino a ciudades cercanas, donde venden rosas en la calle, parques y antros de vicio; otros se emplean como albañiles, cargadores o jardineros. Los 50 y a veces 100 pesos que ganan lo invierten en comida, y hospedaje.

Los niños de la niebla, que son el rostro del hambre y la desesperación, viven en cuartuchos de madera con piso de tierra y techo de lámina de cartón. Como no hay dinero, las madres los mantienen en sus hogares. Los insensibles maestros rurales les impiden el progreso. Para estudiar hay que pagar la cuota de inscripción que aunque está prohibida, la aplican, según porque hay muchas carencias en la escuela.

Otro de los ancestrales problemas que enfrentan los padres es que sus hijos no tienen acta de nacimiento. Cuesta tiempo, dinero y esfuerzo. En el Palacio Municipal nada es gratis, aquí imponen tarifas fuera del presupuesto de los campiranos.

No existe atención médica, desde hace tiempo dejaron de operar las caravanas de la Secretaría de Salud en poblaciones enclavadas en las faldas del volcán Pico de Orizaba.

Las madres solteras se consumen como las rosas que no pueden vender en la ciudad los hombres. A veces, la mujer embarazada muere en el camino en busca de una clínica donde sea atendida con calidad y calidez.

Los viejos que no quisieron emigrar son alcohólicos, lo hacen para olvidar sus penas y la desgracia de haber nacido en un pueblo marginado y olvidado.

Unos le echan la culpa a Dios, y otros al gobierno. El joven que se casa con una campesina, se hunde en el alcohol, y desquita a golpes su frustración por no tener un empleo.

En medio de la pobreza y miseria, los niños sonríen. Corren descalzos a veces en medio de la nieve que cubre con su manto el Parque Nacional Pico de Orizaba. La mayoría sueña con estudiar y que su destino no sea igual al de sus padres.