Entre la página y el lienzo: el arte que se inspira en los grandes autores

Varias exposiciones recientes, a cargo de artistas como Joan Jonas, Bruce Nauman o Dora García, recuerdan el vínculo inquebrantable entre esas dos disciplinas

Artes visuales y literatura comparten territorios gemelos que hacen indistinto el uso de un vocabulario común. La dificultad inicial de trazar una línea sobre el lienzo tiene su correlato en el vértigo que sufre un escritor ante la página en blanco. El individuo que encarna a su tiempo, bien como patriarca (¿matriarca?) del ideal de vanguardia o como narcisista enloquecido por su musa recorre las letras universales, pero en sus fundamentos el sentido que prima no es el de la vista sino el que recalca la materia esencial de su ser en el mundo: el tacto. Es una ley física, la gravedad que sostiene un desnudo antes de tocar el suelo, la complicada maquinaria del brazo que recorre una cadera, la vulgaridad de un bodegón sobre una mesa, las crestas de los abedules que asoman a un valle.

 

‘Venus Birth’, de Álvaro Barrios (2018).

 

En Al faro (1927), Virginia Woolf hace que Lily Briscoe, la joven titubeante de la primera visita a la residencia veraniega del matrimonio Ramsay, se convierta en la artista madura de la segunda cita, cuando por fin puede concluir el cuadro que ha empezado. El lector quiere saber por qué se interrumpió aquella obra que tantos problemas causó a la pintora, problemas de volumen, o las manchas de color que después ha de resolver de memoria, porque la cuestión de la reproducción de la realidad ya no depende de la noción de fidelidad. Woolf invierte los términos de la representación, porque lo que tiene en la cabeza no es tanto un cuadro como una obra de arte verbal. “Su mente continuaba arrojando, desde lo más hondo, escenas, nombres, dichos, recuerdos e ideas, como una fuente cuyo surtidor se derramara sobre aquel deslumbrante e increíblemente difícil espacio en blanco”, escribe Woolf, según la traducción de Dámaso López en Cátedra.

Para conseguir la fluidez que le asegura el camino correcto, la pintora no solo hubo de seguir su propio pensamiento en todos sus descarríos, también padecer en su propio cuerpo el rapto del tiempo, la pérdida. En su deslumbrante novela, Woolf sigue matrilinealmente el tema explorado por Balzac en La obra maestra desconocida (1831), Zola en La Obra (1886) y los Goncourt en Manette Salomon (1867), donde el pintor Coriolis busca plasmar “la escena que te roza”, porque la misión del artista es poder trazar la línea interior que represente la vida, un dibujo más verdadero que todos los dibujos.

Arte y literatura son un mar de arena, realidad no menos borgiana que la alegoría de un museo que pudiera contener una estructura babélica y vacilante de líneas vivas. El tema debió de resultar un topos posible para la filántropa norteamericana Ann B. Friedman, promotora del primer museo del mundo dedicado al lenguaje, Planet Word, que se inaugurará en mayo en el Franklin School de Washington D.C., el histórico edificio desde cuya terraza Alexander Graham Bell hizo, en 1880, su primera transmisión fotofónica con un sistema de teléfono móvil. El decibelio está tan unido a la literatura como a la fibra óptica.

También en el corazón de Washington D.C., la Folger Shakespeare Library libró hace unas semanas el premio Tell It Slant a la artista Lesley Dill (Nueva York, 1950). El nombre del premio está sacado de la célebre invocación de Emily Dickinson, “tell all the Truth but tell it Slant” (“di toda la Verdad, pero escondida”) que con el tiempo cada artista/autor ha ido adaptando a su antojo, el más gamberro, Billy Wilder —“si quieres decir la verdad, hazlo con gracia o te matarán”—, quien a su vez se la apropió de Oscar Wilde. Dill utiliza las palabras como códigos y elementos decorativos que mezcla con papeles, cables, pelo de caballo y fotografías sobre lienzos y vestidos, en un collage visual que el público deberá descifrar. Un recurso parecido lo emplea Joan Jonas (Nueva York, 1936) en sus vídeo-performances. La última, Moving Off The Land II, se expone actualmente en el Thyssen-Bornemisza y es una convergencia de claroscuros y textos naturalistas (El alma del pulpo, de Sy Montgomery), poemas (Emily Dickinson, T.S. Eliot), narraciones épico-psicológicas (Moby Dick) y teatro no que advierten de que lo mágico y lo prosaico viven juntos, en los límites entre la imagen y la realidad, son ardides de artista como el que propició el antiguo pintor Zeuxis en su representación de un racimo de uvas tan real que los pájaros intentaron comérselas.

 

‘Moving Off the Land II’, de Joan Jonas.

 

La posibilidad de invocar la presencia de alguien o algo que en realidad no está ahí es un asunto central en la historia de todas las culturas. El irlandés James Coleman (1941) suele combinar de forma no lineal códigos y géneros narrativos diversos, como fotonovelas, relatos góticos, clichés de la literatura romántica, historias de detectives, teatro y folklore de su país (Clara y Darío, 1975, Seeing for Oneself, 1987-88, Charon, 1989, Retake with Evidence, 2007), en un reclamo del defecto y el fracaso, como querrían James Joyce y Samuel Beckett: How try say? (“¿Cómo intentar decir?”). De este último, Bruce Nauman (Indiana, 1941), que protagoniza una retrospectiva en el Stedelijk de Ámsterdam que llegará en otoño a la Tate Modern, toma las claves para algunas de sus mejores piezas (la maqueta para Habitación con mi alma afuera, 1984); y, a partir del autor del Ulises, Dora García (Valladolid, 1965) crea The Joycean Society (2013), compuesta por una película y diez ejemplares del Finnegans Wake que contienen cientos de horas de grabación y toda la hermenéutica realizada por los integrantes de la Fundación James Joyce de Zúrich en torno a la obra más cíclica y caótica jamás escrita.

Cada autor tiene su propia receta en forma de aporía, de sueño discontinuo. El propósito no está en la luz, sino en el trance, en el proceso. Así lo quiso Virginia Woolf en una narración perfecta de continuo vaivén hacia el faro. En el momento en que el viudo Mr. Ramsay y sus dos hijos consiguen —supuestamente— alcanzar la isla, Lily Briscoe es capaz de ver con absoluta claridad la imagen final de su cuadro: una línea limpia, o el pronombre I (yo).

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