
Isaac Carballo Paredes | Poza Rica, Ver. | 07 Oct 2026 - 15:05hrs
Hace un año, el 10 de octubre de 2025, el río Cazones se desbordó y se tragó a Poza Rica. Entre el caos, el lodo y los gritos de auxilio, una imagen se quedó grabada en la memoria de todo México: un hombre hincado, con las manos al cielo, orando sobre el techo de su camioneta roja mientras la corriente la arrastraba por la avenida Puebla como si fuera de papel. Era Don Rafael Francisco Hernández, y ese instante no era una pose, era su despedida.
Ese viernes, Rafael salió de su casa en Tihuatlán a las seis de la mañana como siempre, rumbo a su trabajo, en una florería en el centro de Poza Rica. Sabía que había llovido, pero no imaginó la tragedia. “No tomé tanta importancia a las noticias”, cuenta. Llegó al Cazones 1 y ya estaba cerrado por la inundación, así que buscó por el Cazones 2. Ahí no había protección, ni policías, ni cintas. Solo coches pasando. “Vi que pasaban taxis y coches y dije: mi camioneta es grande, sí paso”. Casi llegando a La Puebla, a la altura de la Toyota, el agua ya tapaba las llantas. Un coche de enfrente se apagó y él ya no pudo avanzar.
Lo que siguió fue una trampa mortal. Intentó dar vuelta en “U” para regresar a Tihuatlán, pero a la altura de la Toyota su camioneta también se apagó. Los vidrios eléctricos, las puertas bloqueadas por la fuerza del agua. “Sentí que me iba a quedar ahogado adentro, no había solución”, recuerda con la voz entrecortada. De pronto, la camioneta empezó a flotar, giró 360 grados, la corriente reventó la puerta y estalló un vidrio. Por ese hueco salió. Como pudo, se subió al cofre. La corriente no lo soltó: lo arrastró más de diez metros hasta atrás de los edificios de Los Laureles. Ahí, con el agua tapando ya la camioneta y jalándolo directo hacia el río, Rafael se hincó. Y oró.
El video que le tomó alguien a lo lejos lo hizo viral, pero para él no era un video, era el último rezo. “Dije: Dios, sea tu voluntad. Yo ya sentí que no iba a vivir”. Pensó en su esposa, en sus hijos, en que nadie sabría dónde encontrar su cuerpo. El miedo más grande no era morir, era desaparecer. Se quitó la ropa para intentar nadar a donde lo llevara el agua. Nadó unos diez metros a contracorriente hasta que su mano alcanzó el soporte de un clima en una ventana de un segundo piso. Se aferró con todo lo que le quedaba y escaló hasta una jardinera.
Amarrado a la vida con cables que arrancó de la pared, pasó más de seis horas solo. “Me amarré a la ventana y dije: si me encuentran, que me encuentren aquí, siquiera amarrado”. Marcaba con rayas en la pared si el agua subía o bajaba. Veía gente a lo lejos, pero nadie podía cruzar. Fue entonces que el agua, milagrosamente, comenzó a bajar unos centímetros. Ese fue su alivio. Empezó a hacer señas hasta que alguien lo vio y avisó a su familia.
Su rescate no llegó con Protección Civil ni con soldados, porque no había. Llegó con su familia, con sus hermanos, su esposa, sus hijos y vecinos que hicieron una cadena humana con cuerdas de casi 30 metros. Un vecino se subió y lo sacó. “Cuando vi a mi hija, solté el llanto. Lloré más no poder. Saber que los volví a ver”, dice. Lo llevaron cargando hasta una camioneta y de ahí con una doctora. Había sobrevivido.
Hoy, a un año de la inundación más grande que Poza Rica ha visto desde el 1999, Don Rafael no sabía que su oración había sido vista por miles, que cientos oraron por él en los comentarios de ese video. “Agradecerle a toda esa gente que oró por mí. En los días feos siempre hay personas queriendo orar por alguien”, dice. Para él, no fue suerte, fue un propósito. “Dios se manifestó en esa parte para que vea la gente que hay que tener fe. Estos días que estamos viviendo, ya sea la naturaleza o el mismo hombre, es tiempo de reflexionar y buscar a Dios”.