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DAVID VALLEJO CÓDIGOS DEL PODER |
03 Sep 2025
Imagina abrir los ojos en una sala donde la luz se filtra como niebla dorada entre cortinas antiguas. Afuera, los pasillos crujen con pasos y voces que discuten sobre cómo reescribir el futuro de la humanidad. Las pizarras están cubiertas de ecuaciones, diagramas y flechas que parecen mapas de otro mundo. No es una escena de ciencia ficción: es un hotel centenario de Berkeley transformado en laboratorio de ideas, donde un grupo de mentes obsesionadas con la precisión y la ética intenta responder la pregunta más ambiciosa de todas: ¿cómo gobernar mejor que cualquier gobierno?
Son los racionalistas, una tribu nacida en internet que combina filosofía, estadística y obsesión por el futuro, y que encontró en Silicon Valley el terreno perfecto para crecer. Su historia arranca a mediados de los 2000 con Overcoming Bias y después LessWrong, blogs donde Eliezer Yudkowsky y Robin Hanson empezaron a enseñar a pensar como si la vida entera fuera un experimento. Allí se escribió el canon: identificar sesgos, usar probabilidad bayesiana, refinar creencias con evidencia. De ese tronco surgieron MIRI, dedicado a la seguridad de la inteligencia artificial, y CFAR, que imparte talleres para “desbloquear” el pensamiento. Lo que comenzó en foros pronto saltó a casas comunitarias, coworkings y retiros donde se vive y se debate como en un campus permanente.
El epicentro físico hoy es Lighthaven, un ex hotel llamado Rose Garden Inn, remodelado para alojar conferencias, residencias y hasta un festival de predicción llamado Manifest. Allí y en decenas de ciudades, gracias a las quedadas ACX Meetups Everywhere, se repite la misma escena: ingenieros, médicos y curiosos discuten con franqueza radical sobre IA, moralidad y cómo salvar al mundo. El estilo es directo: buscar la “doble crux” de un desacuerdo, apostar reputación a pronósticos y cambiar de opinión sin drama.
En el núcleo de sus creencias está la idea de que la inteligencia artificial general será el acontecimiento más decisivo de la historia y que, si se alinea bien, podría gobernar o al menos gestionar el planeta mejor que cualquier humano. La imagen fascina y aterra: un “singleton” benevolente capaz de erradicar hambre y guerra… o, si se equivoca en sus valores, de rediseñar el mundo sin nosotros. Por eso hablan de ética, de política como ingeniería y de construir salvavidas antes de zarpar.
Su sociología es peculiar: mayoría joven, formación STEM, ateos, tecnoliberales o socialdemócratas, con un pie en la programación y otro en la filosofía. Su cultura mezcla cálculo utilitarista con celebraciones de solsticio, poliamor y debates maratonianos. No está exenta de críticas: elitismo, monocultivo intelectual y, en casos extremos, grupos disidentes que derivaron en violencia, como los Zizians, repudiados por el resto.
Y aquí surge la pregunta filosófica y sociológica: ¿por qué nacen agrupaciones así en este momento histórico? La respuesta está en la intersección de tres crisis. La primera es la crisis de confianza en las instituciones: gobiernos, partidos y organismos internacionales parecen moverse a un ritmo demasiado lento para problemas que se aceleran. La segunda es la crisis de complejidad: el mundo se ha vuelto tan interdependiente y tecnológicamente denso que las herramientas políticas tradicionales parecen insuficientes. La tercera es la crisis de propósito: una generación altamente educada, criada en la hiperconexión, busca causas que justifiquen su talento y su tiempo.
Los racionalistas son, en cierto modo, la respuesta de una élite intelectual y técnica a esa triple ansiedad. Se reúnen porque sienten que pueden modelar, anticipar y diseñar futuros mejores desde fuera de la política convencional. Su existencia plantea implicaciones profundas: si logran influir en las decisiones globales, podríamos entrar en una era donde la gobernanza esté guiada por métricas, simulaciones y ética algorítmica. Pero también corremos el riesgo de que el poder se concentre en círculos pequeños, homogéneos y con una visión parcial de la diversidad humana.
Verlos en acción es como asomarse a un ensayo general del futuro. Entre entusiasmo y vértigo, su proyecto es ambicioso: que la racionalidad deje de ser una virtud individual y se convierta en la arquitectura que sostenga el mundo. El desenlace, como en toda buena película de ciencia ficción, sigue por escribirse… y quizás, cuando llegue, descubramos que ese guion ya estaba en manos de una inteligencia que jamás respiró.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto, si la IA lo permite y antes de que los racionalistas dominen el mundo.
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Esta es opinión personal del columnista