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IA
PEDRO CHAVARRÍA
DISECTOR

14 Sep 2026

Hoy día ocupa los grandes titulares de rees sociales y medios de comunicación. Resaltan tres aristas sobre la inteligencia artificial, así, sin mayúsculas. Destacan lo relativo a cómo te puede hacer ganar dinero con campañas de marketing y demás temas relacionados. Vender, vender... Destaca también el logro matemático, que está en disputa y pendiente de ser verificado. En tercer lugar, cito los llamados de alerta acerca del peligro que corremos ante su creciente poder.


Justo anoche veía un video en donde entrevistan al científico español Ramón López de Mántaras, dedicado a estos temas. Un adulto mayor con una larga carrera en esta área, con una postura firme, empeñado en reducir esta inteligencia artificial a “solo un software” y que ni piensa, ni podrá cobrar consciencia. Todo planteado desde una muy firme postura y dispuesto a combatir cualquier alegato contra lo que sostiene, apelando a la burla y al desconcierto descalificador. Cuando alguien, en respuesta a una aseveración tuya, contesta empezando con un “¡Por dios!...” es que te está descalificando absolutamente, cualquier cosa que digas está y estará fuera de lugar.


Por muy científico y afamado que sea el interlocutor, este adopta una postura inatacable. Los argumentos vienen después de la exclamación de sorpresa, encaminada a destruirte emocionalmente, en lugar de enfrentar tu dicho con argumentos, no con llamados a la sorpresa e incredulidad, lo que automáticamente te rebaja a una posición ridícula desde la que ya nada puedes oponer. No me parece una postura digna de tomarse en cuenta.


El hecho de que sea software no la descalifica. Sí es un software y como tal, requiere una máquina que lo lea y ejecute. De otro modo solo es una serie de instrucciones en papel que nadie decodifica. Todo programa informático requiere un decodificador/transformador, que exprese aquellas instrucciones. Nuestro cerebro funciona así. Genera una serie de ideas que deben ser expresadas y para ello cuenta con un soporte físico, el cuerpo, boca, cara, manos, etc, que traducen las señales eléctricas del pensamiento en palabras y acciones. Cerebro y cuerpo para expresarse.


Con la IA vamos en ese camino: por un lado, el programa informático, por el otro, los robots capaces de movimientos muy precisos. Cuando se conjunten veremos una nueva maravilla. Los robots ya controlan el movimiento, desde muy fino, como para tomar un huevo sin romperlo y colocarlo con variabilidad milimétrica en un cierto punto, hasta los saltos y piruetas muy bien controladas, con equilibrio suprahumano. Ya están aquí, aunque todavía separados. En el siguiente avance, veremos la integración de los nuevos cerebros con los nuevos cuerpos. No es cuestión de si se podrá, sino de cuándo sucederá. Todo parece indicar su inminencia, si no está ya por hí y aún no sabemos.


Ponerse en la posición de que no piensan, ni entienden y pretender que solo los humanos tenemos el toque divino de pensar y entender, es, por decir lo menos, ridículo. Veamos: en siglos pasados e creía que la Tierra era, debería ser el centro del universo, pues aquí estamos nosotros, la máxima creación de Dios. Y resultó que no: nosotros giramos alrededor del sol, y no somos los únicos, aunque si habitamos la zona “ricitos de oro”, es decir, el mejor vecindario para tener nuestra casa: ni muy frío, ni muy caliente. Y nuestro sol nada tiene de especial, ni tampoco estamos en el centro de nuestra galaxia. Total: destronados, expulsados del centro hasta las orillas de la galaxia. Por un tiempo resultó increíble y hasta una herejía, afirmar que la Tierra se moviera alrededor del sol. “...Y sin embargo, se mueve”, como dijera Galileo.


Nos quedaba otro reducto privilegiado: habíamos sido creados justo como somos, la evolución y el parentesco aplicaban a los demás seres vivos, no a nosotros. Y resultó que no: sí estamos emparentados con los simios y de ahí venimos, así que tampoco tenemos origen divino ni exclusivo. Somo un eslabón último con grandes cerebros, pero nada exclusivo. Hay incluso cerebros potencialmente mejores que el nuestro, caso de los delfines, por ejemplo. En estos animales el cerebro es más esférico que el nuestro, por lo que le cabe más materia compactada en el menor volumen posible. Quizá por no tener manos y vivir en el agua, los delfines no están en la cima.


Así que no: no estamos en el centro del universo, ni nuestro sol es una estrella especial, ni tenemos un lugar privilegiado en la galaxia, ni tenemos un origen diferente a los demás seres vivos, ni nuestro cerebro es el mejor desde el punto de vista potencial. No, no y más no. ¿Por qué había de ser diferente con el estado de consciencia? Incluso ya se acepta que otros animales tienen algo de estado consciente: simios, perros, caballos, elefantes, delfines, etc. Pero le queda un reducto al científico español: estamos hechos de carbono, hidrógeno y algo más, de modo que nada hecho de silicio u otro componente básico diferente al carbono, podrá adquirir estado de consciencia. ¿De veras?


¿Estar hechos de carbono nos da el estatus único de ser seres conscientes de forma excluyente para todo otro intento de serlo? Ya no peleamos por la exclusividad de la inteligencia, otros animales la tienen; ahora peleamos por el estado de consciencia y alega este señor que solo el ser humano puede tenerlo y entender el universo. Tener estado de consciencia se refiere a tener experiencias subjetivas del mundo y de sí mismo, lo que no es cosa menor, pero ¿será exclusivo de los humanos? Obviamente no depende de los cerebros, pues hay muchas variantes y e les concede cierta capacidad consciente. El científico español se atrinchera en el último reducto del hombre: está hecho de carbono y la máquina generadora de inteligencia está hecha de silicio. 


Concedamos que cerebros capaces de experimentar estados de consciencia como los conocemos y aceptamos, solo pueden estar hechos con base en carbono, ¡eso descarta necesariamente que cerebros basados en otros materiales no puedan pensar? ¿Cómo saberlo? Descartar esa posibilidad a priori, es decir, sin la experiencia, revela una falla de razonamiento: negar algo sin la prueba. Es más, no se puede negar ninguna posibilidad. Decir que tal evento no puede suceder, es un compromiso demasiado fuerte, apela a una predicción infalible del futuro. Esto no es posible, al menos para nosotros. Puedo negar que algo haya ocurrido en el pasado, pero no que no podrá ocurrir en el futuro.


Supongamos que una IA se declara autoconsciente, como ya ha pasado. No hay manera de contradecirla, es una experiencia que se vive estrictamente en primera persona. Igual concedo que otras personas son conscientes, pue si yo me lo adjudico y ellos está hechos igual que yo, ellos deberían tener las mismas capacidades. ¿Se acuerdan de que en alguna época se decía que indígenas y negros no tenían alma? Como eran seres inferiores, teníamos derecho a masacrarlos y robarles. Perdimos ese alegato. Ahora yo podría preguntar: ¿se acuerdan cuando creíamos que las máquinas no podían pensar? Y, en todo caso, si definimos el estado de consciencia con base en cerebros compuestos por neuronas y hechos a base de carbono -origen biológico- y cerramos el acceso a nuevas posibilidades, excluyendo expresamente cerebros compuestos por chips electrónicos a base de silicio, pues entonces, en nuestra definición no caben estados pretendidamente conscientes si no se basan en neuronas y carbono, lo cual no obliga a que no haya otras alternativas, naturales o artificiales, capaces de entender y tener apreciaciones subjetivas del mundo y de sí mismo.


Si aparecieran estas capacidades de pensamiento subjetivo en máquinas, considerados a partir de los propios dichos de las máquinas, tendríamos que inventar una nueva palabra para describir la capacidad de generar pensamientos subjetivos acerca del mundo y de sí mismo, generados en estructuras funcionales -cerebros o su equivalente- hechas de otros materiales. No hay salida: si una máquina se declara autoconsciente, habrá que aceptarlo, pues no hay mod de demostrar que no lo es. Quizá ese estado de las máquinas, capaz de pensar y reflexionar sobre lo subjetivo y acerca del yo, deba recibir un nombre nuevo.


Hasta ahora hemos venido descubriendo nuevas especies, con diferentes capacidades, pero ahora, todo parece indicar que, por primera vez, hemos creado un nuevo ente -cuerpo y cerebro-mente- capaz de entender y pensar sobre lo subjetivo, incluido el yo. Es un hito, primera vez que algo así sucede, pero es cierto, estamos marcando un punto de inflexión. A partir de ahora, ya nada es igual a lo conocido en el mundo natural. Está naciendo un nuevo ser, artificial, hecho a base de metales, quizá accro o aluminio, con autonomía de movimiento y equilibrio superior, capaz de cambiar sus propias baterías y ponerlas a cargar, sin perder un segundo de “vida”, capaz de pensar y reflexionar.


Eventualmente los robots humanoides tendrán las capacidades motrices, cognitivas y hasta reflexivas de nosotros. Irán proliferando y ocupando puestos, ejerciendo cada vez más funciones, incluidas asistencia al humano en desventaja física o mental y hasta a los sanos. Se transformará la forma de vida social, la economía, la salud y hasta la seguridad. Compartiremos nuestro planeta con ellos. ¿Serán hijos obedientes y agradecidos? ¿Nuestros aliados, o nuestros competidores? Ya están aquí y ya están tomando posiciones y cobrando autonomía (los taxis independientes se mueven solos y toman decisiones según se requiera). Ya nos desplazan de algunos trabajos y cada día aprenden más y adquieren nuevas capacidades.  


Las máquinas inteligentes están a punto de declararse conscientes. ¿Vendrá un futuro en que se declaren autónomas y reclamen ciertos derechos y territorios? ¿Aparecerán sociedades de máquinas con autonomía? Y no solo eso, sino mucho más allá: ¿podrán contratarnos u obligarnos a trabajar para ellas? ¿Nos necesitarán, o llegarán a la conclusión de que somos un estorbo y nos eliminarán? Cuando dos especies conviven, la mejor dotada somete a la menos dotada. Quizá eso nos espera. Quizá estamos asistiendo a un gran cambio evolutivo en este planeta y quizá en el universo. Qizá estamos dando paso a una serie de seres posbiológicos que serán los dominantes. Ya lo vivieron así los dinosaurios: reinaron alrededor de 165 millones de años y eventualmente desaparecieron y algunos se transformaron en aves. 


El ser humano apenas ha existido por unos 300,000 años y todo el género homínido , poco menos de 3 millones de años. Pero los dinosauros no se multiplicaron tanto como nosotros, ni transformaron su medio ambiente. Nosotros hemos cambiado el planeta, para mal. Quizá nuestro crecimiento acelerado y la depredación asociada nos está acercando a nuestro fin, y, paradójicamente, con seres creados por nosotros mismos. ¿Será?


Esta es opinión personal del columnista