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DAVID VALLEJO CÓDIGOS DEL PODER |
25 Sep 2026
La visita terminó frente a la Declaración de Independencia, la Constitución y la Carta de Derechos de Estados Unidos. Donald Trump llevó a Xi Jinping a los National Archives y ambos caminaron entre los documentos fundacionales de una república que cumple 250 años. La escena difícilmente puede superarse. Los dirigentes de dos sistemas políticos profundamente distintos contemplaron juntos los textos que ayudaron a construir el orden estadounidense, después de pasar tres días intentando establecer los límites de su convivencia.
Tres días de ceremonia produjeron pocos acuerdos. El principal consistió en extender hasta el 10 de enero de 2027 la tregua comercial que contiene otra escalada arancelaria. Quedaron pendientes los aranceles, las tierras raras, las restricciones tecnológicas y Taiwán. Hablaron también de inteligencia artificial, Ucrania, Irán y Corea del Norte. Frente al tamaño de la rivalidad parece poco, aunque precisamente esa ausencia de grandes acuerdos explica bastante bien el momento.
Estados Unidos y China han llegado a una situación extraña en la que ninguno consiguió doblegar al otro y ambos poseen instrumentos capaces de causarle enormes problemas. Washington conserva ventajas decisivas en semiconductores avanzados, tecnología y finanzas. Pekín domina buena parte del procesamiento de tierras raras y construyó una capacidad industrial difícil de sustituir. Décadas de globalización terminaron entregando a cada uno herramientas para presionar al otro y convirtieron la dependencia en una forma de poder.
La rivalidad continúa, aunque romper los vínculos que unen a las dos economías tendría un costo enorme. Xi habló de “estabilidad estratégica” y volvió a la trampa de Tucídides, el riesgo de conflicto entre una potencia ascendente y otra establecida. Washington y Pekín parecen haber llegado a una conclusión menos ambiciosa que la amistad y bastante importante para el mundo. Aprender a competir sin perder el control de la competencia.
La inteligencia artificial concentra esa contradicción. Ambos países corren por desarrollar sistemas cada vez poderosos mientras empiezan a discutir qué hacer frente a incidentes graves. Xi insistió en mantener la IA bajo control humano. Nuestra época encierra una contradicción difícil de ignorar. Aceleramos porque tememos que el adversario llegue primero y buscamos reglas porque también tememos aquello que podemos encontrar al llegar.
México apareció en medio de esta historia por una coincidencia de agenda. La cuarta ronda de conversaciones con Estados Unidos sobre el T-MEC tuvo que posponerse por la visita de Xi y la reunión ministerial de Comercio del G20. La imagen resulta elocuente. Mientras México esperaba para discutir los términos de su integración con Estados Unidos, Washington discutía con China los límites de su dependencia.
Ambas conversaciones terminarán encontrándose. Estados Unidos quiere reducir dependencias estratégicas de China y fortalecer cadenas productivas dentro de Norteamérica, de manera que el origen de un automóvil, un chip, una batería, una inversión o un mineral adquiere ahora significado geopolítico. La próxima discusión del T-MEC tratará también, aunque el tratado jamás la mencione, de la relación con China.
Durante décadas pensamos el T-MEC desde una cuestión central, cuánto puede vender México a Estados Unidos. La discusión que viene será distinta y tendrá que considerar cuánto de aquello que Estados Unidos quiere dejar de comprar a China puede producirse en México. Una fábrica representa capacidad estratégica, un puerto define vulnerabilidades, un semiconductor concede autonomía y una tierra rara puede sentar a una superpotencia a negociar. La economía regresó al lugar del que nunca terminó de salir, la política.
Por eso la escena de los National Archives tiene tanta fuerza. Trump mostró a Xi los documentos de una nación que durante buena parte del último siglo construyó las instituciones, alianzas y reglas centrales del orden internacional. Frente a él estaba el dirigente del país que plantea el mayor desafío a ese predominio y que, al mismo tiempo, necesita preservar una relación estable con Estados Unidos.
El mundo que conocimos confió en que comerciar acercaría a los países. El que empieza a surgir descubre algo bastante menos confortable. Depender de otro también puede contenerlo, condicionarlo y obligarlo a sentarse a la mesa.
Trump y Xi compraron dos meses de tregua mientras México ganó unos días antes de regresar a la suya.
Cuando llegue nuestro turno, estaremos negociando el T-MEC con Estados Unidos. China también estará sentada, aunque su nombre jamás aparezca en el tratado.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto, si la IA y aquello de lo que juramos poder prescindir lo permiten.
Placeres culposos: En el cine El Corazón de la bestia. En música lo nuevo de Tom Morello, Nothing but Thieves y León Bridges.
Paraguas para Greis e impermeable para Alondra.
Esta es opinión personal del columnista