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Fernando Padilla Farfán FERNANDO PADILLA FARFÁN |
06 Oct 2026
Hay episodios de la historia que solemos mirar como acontecimientos aislados, cuando en realidad fueron auténticos puntos de encuentro entre civilizaciones. La llegada de la Nao de China a Acapulco es uno de ellos.
Durante más de dos siglos y medio, entre 1565 y 1815, una ruta marítima atravesó el océano Pacífico para conectar Manila con Acapulco. El llamado Galeón de Manila —conocido en la Nueva España como Nao de China— transportó mercancías, pero también ideas, sabores, costumbres, técnicas, personas y formas distintas de entender el mundo. Aquella navegación convirtió a la Nueva España en uno de los grandes espacios de intercambio de la primera globalización. Y Acapulco fue su gran puerta de entrada.
Cuando el galeón aparecía en el horizonte, no llegaban únicamente sedas, porcelanas, especias, marfiles, muebles y objetos de lujo. Llegaba Oriente.
Acapulco: una ciudad frente al mundo. La importancia de Acapulco durante el periodo virreinal difícilmente puede entenderse sin la Nao de China. El puerto se transformaba con la llegada del galeón y alrededor de su desembarco se desarrollaba una intensa actividad comercial. Las mercancías eran vendidas en la célebre Feria de Acapulco y posteriormente muchas de ellas emprendían el camino hacia la Ciudad de México y otras regiones de la Nueva España.
Pero lo verdaderamente extraordinario era la diversidad humana que convergía en aquel espacio. Europeos, novohispanos, filipinos, chinos, japoneses, africanos y habitantes de distintas regiones de América participaban, de una u otra manera, en ese intercambio. Acapulco se convirtió así en una ciudad profundamente cosmopolita para su tiempo. El INAH la describe como una encrucijada de pueblos y culturas, vinculada directamente con las grandes rutas comerciales que comunicaban distintos continentes.
En otras palabras: mucho antes de que habláramos de globalización, Acapulco ya era un puerto global.
Quizá uno de los mayores legados de la Nao de China se encuentra en un lugar cotidiano: nuestra mesa. La cocina mexicana no nació de una sola tradición. Es resultado de encuentros sucesivos entre culturas. A la herencia indígena se sumaron posteriormente ingredientes y técnicas europeas, africanas y asiáticas.
El Galeón de Manila fue uno de los grandes vehículos de ese mestizaje gastronómico.
A través de la ruta transpacífica llegaron a la Nueva España productos y sabores asiáticos que terminaron incorporándose a la alimentación y a la agricultura. Entre ellos encontramos mango, coco, arroz, ajonjolí, canela y cilantro, además de diversas especias y productos que fueron transformando los hábitos culinarios novohispanos.
El llamado mango de Manila, por ejemplo, terminó convirtiéndose en un elemento cotidiano de la alimentación mexicana. Lo interesante es que estos productos no permanecieron necesariamente como elementos "exóticos". Fueron apropiados, transformados y combinados con ingredientes americanos y europeos.
Ese proceso produjo algo nuevo. Una especia asiática podía terminar acompañando un producto americano; un ingrediente llegado de Filipinas podía incorporarse a una receta novohispana; una técnica culinaria podía mezclarse con otra tradición. Así funciona el mestizaje: no sustituye una cultura por otra; crea algo diferente a partir del encuentro. Sedas, porcelanas y una nueva manera de habitar
El impacto de la Nao tampoco se limitó a la alimentación. Las mercancías asiáticas modificaron gustos, modas y formas de decorar los espacios. Porcelanas chinas, biombos, lacas, marfiles, abanicos, sedas y otros objetos comenzaron a formar parte del universo material de las élites novohispanas. El propio INAH señala que la influencia oriental llegó a expresarse en la ropa, los mantones bordados con seda, el mobiliario y los objetos decorativos.
Pero el fenómeno fue más profundo que una simple moda. La presencia de objetos asiáticos significó que los habitantes de la Nueva España comenzaron a convivir con representaciones materiales de otras civilizaciones. El hogar novohispano podía tener productos elaborados a miles de kilómetros de distancia. Era una primera expresión de lo que hoy llamaríamos una cultura global.
Existe además una dimensión económica que no debemos olvidar. La ruta funcionaba en ambas direcciones. La plata novohispana era fundamental para adquirir mercancías asiáticas, mientras que los productos provenientes de Asia ingresaban a los mercados americanos y algunos continuaban posteriormente hacia Europa. La Nueva España no era simplemente un punto intermedio: desempeñaba un papel estratégico dentro de una red comercial que conectaba Asia, América y Europa. La UNAM ha estudiado precisamente al Galeón de Manila como uno de los antecedentes fundamentales de la primera globalización.
Por eso la Nao de China debe analizarse más allá de la imagen romántica de un enorme barco cargado de tesoros. Fue una infraestructura económica, pero también un puente cultural.
El legado humano. Quizá el aspecto menos visible de esta historia sea el de las personas. El intercambio transpacífico no consistió exclusivamente en mercancías. También implicó movimientos humanos y contactos entre poblaciones de diferentes orígenes. La presencia asiática dejó huellas en la sociedad novohispana y contribuyó, junto con las poblaciones indígenas, europeas y africanas, al complejo proceso de mestizaje que caracteriza a la historia de México. Por eso, cuando hablamos de la identidad mexicana, resulta insuficiente pensar únicamente en el encuentro entre Europa y Mesoamérica. También debemos mirar hacia el océano Pacífico. Porque México tuvo desde el siglo XVI una relación directa con Asia.
La ruta terminó formalmente en 1815, en el contexto de las transformaciones políticas que acompañaron el final del periodo virreinal. Pero una ruta comercial puede desaparecer mientras sus consecuencias permanecen. La Nao de China dejó su huella en nuestros sabores, en nuestras artesanías, en nuestras formas de vestir, en nuestros objetos cotidianos y en nuestra cultura. Todavía hoy podemos encontrar en México elementos que nos recuerdan aquel extraordinario intercambio transpacífico.
Por eso, mirar hacia la Nao de China no significa solamente estudiar una página de la historia virreinal. Significa comprender que México fue, desde hace siglos, un país conectado con el mundo. Antes de los aviones, de los satélites, de internet y de las cadenas globales de suministro, un galeón cruzaba el Pacífico llevando plata hacia Asia y regresando con sedas, porcelanas, especias y nuevas formas de mirar la vida. Y en ese viaje, casi sin que sus protagonistas pudieran imaginarlo, comenzó a cambiar también la sociedad mexicana.
La Nao de China no solamente trajo mercancías a México. Trajo una parte de Asia que, con el paso del tiempo, terminó convirtiéndose en parte de nosotros.
Esta es opinión personal del columnista