12 de Octubre de 2026 | 16:39
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Puro fregón
DAVID VALLEJO
CÓDIGOS DEL PODER

12 Oct 2026

Cada octubre espero los anuncios de los premios Nobel con una emoción que tiene mucho de esperanza. Me conmueve saber que, mientras tantas noticias nos hablan de destrucción, hay personas que han dedicado su vida a comprender algo que algún día podría ayudarnos a sufrir menos, vivir mejor o mirar el mundo con otros ojos. Conocer sus descubrimientos me devuelve ese placer de enterarme de algo y sentir que el mundo acaba de hacerse un poco mejor.


Este año, una parte de esa emoción comienza con unas algas microscópicas. El Nobel de Medicina reconoció al estadounidense Karl Deisseroth, de Stanford, y a los alemanes Peter Hegemann, de la Universidad Humboldt de Berlín, y Georg Nagel, de Würzburg. Sus investigaciones permitieron desarrollar la optogenética, una técnica que utiliza la luz para controlar la actividad de determinadas neuronas.


Hegemann y Nagel estudiaron proteínas sensibles a la luz presentes en esas algas, y Deisseroth contribuyó a convertir el hallazgo en una herramienta para investigar el cerebro. Al introducir instrucciones genéticas para que ciertas neuronas produzcan esas proteínas, los científicos pueden activarlas o inhibirlas mediante pulsos luminosos y estudiar circuitos relacionados con la memoria, el miedo y las emociones.


Me maravilla esa conexión entre una forma de vida diminuta y el órgano con el que recordamos a quienes queremos. Una investigación sobre algas terminó abriendo posibilidades para comprender enfermedades neurológicas y trastornos mentales, un camino que exige todavía mucho trabajo y que lleva consigo la esperanza de tantas familias.


El Nobel de Física fue para Francis Halzen, nacido en Bélgica e investigador de la Universidad de Wisconsin-Madison, quien impulsó IceCube, un observatorio internacional instalado bajo el hielo de la Antártida. Sus más de cinco mil sensores detectan los destellos que pueden producirse cuando un neutrino interactúa con la materia. Algunas de estas partículas llegan desde fuentes cósmicas remotas y permiten investigar fenómenos difíciles de observar por otros medios.


Hay algo que me emociona en imaginar a tantas personas trabajando en uno de los lugares más inhóspitos del planeta para entender lo que ocurre tan lejos de nosotros. Debajo del hielo construyeron una manera de acercarnos al universo, prolongando esa curiosidad humana que nos ha llevado, generación tras generación, a levantar la mirada y preguntarnos qué habrá allá afuera.


En Química, el reconocimiento correspondió al francés Henri Kagan, de la antigua Universidad París-Sur, hoy integrada en París-Saclay, y al japonés Kensō Soai, de la Universidad de Ciencias de Tokio. Sus trabajos ayudan a entender cómo favorecer la producción de una forma molecular y amplificar su predominio. Algunas moléculas tienen versiones comparables con nuestras manos, semejantes en su composición y distintas en su disposición espacial, una diferencia capaz de cambiar sus efectos en el organismo.


Sus investigaciones contribuyen a fabricar medicamentos con precisión y aportan pistas sobre cómo llegaron a predominar determinadas formas moleculares en los seres vivos. Kagan recibió el premio a los 95 años, una edad que invita a pensar en todo lo que cabe dentro de una vida dedicada a investigar, en la paciencia de regresar a una pregunta y en la posibilidad de dejar un conocimiento que seguirá ayudando a otros cuando nosotros hayamos partido.


El Nobel de la Paz distinguió a Navi Pillay, jurista sudafricana de 85 años que creció bajo el apartheid, estudió en Harvard y defendió los derechos de presos políticos, entre ellos Nelson Mandela. Como jueza internacional contribuyó a establecer precedentes para juzgar la violencia sexual como crimen de lesa humanidad y, bajo determinadas condiciones, como genocidio. También fue alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos.


Su historia permite detenerse en otra forma de esperanza, la de quienes han vivido la discriminación y dedican sus esfuerzos a que otras personas encuentren protección y justicia. Detrás de esos precedentes jurídicos están las víctimas, su derecho a ser escuchadas y la posibilidad de exigir responsabilidades por sufrimientos que durante tanto tiempo quedaron impunes.


El de Economía reconoció a los estadounidenses Robert E. Hall, de Stanford, y Michael Woodford, de Columbia, por desarrollar modelos que ayudan a gobiernos y bancos centrales a enfrentar las crisis y contener la inflación. Hall estudió cómo las expectativas sobre los ingresos futuros influyen en lo que gastamos hoy, mientras Woodford integró las decisiones de consumo y la manera en que las empresas fijan sus precios en un modelo para analizar los efectos de las tasas de interés.


Es un trabajo que puede parecer distante hasta que pensamos en lo que significa perder un empleo o ver cómo el dinero alcanza cada vez menos. Comprender mejor las crisis permite evaluar medidas para amortiguar sus consecuencias, y detrás de esa tarea está algo tan cercano como la tranquilidad de una familia que necesita hacer planes para mañana.


El premio de Literatura me deparó un descubrimiento distinto. Anne Carson, canadiense de 76 años, formada en la Universidad de Toronto, es poeta, ensayista, traductora y estudiosa de los clásicos griegos. Hasta este anuncio desconocía su obra y todavía tengo sus libros por delante, una forma de felicidad que también agradezco a los Nobel, encontrar a alguien a quien leer.


Por lo que cuentan quienes han estudiado su obra, en Autobiografía de Rojo convierte al monstruo mitológico Gerión en un adolescente enamorado de Heracles, mientras La belleza del marido aborda un matrimonio en veintinueve tangos. Me llama especialmente la atención lo que se cuenta de Nox, donde reúne fotografías, cartas y recuerdos de su hermano fallecido en un libro que se despliega como un acordeón. Saber de ese intento de reunir la memoria de alguien querido me despierta las ganas de acercarme a sus páginas.


Algunos lectores la llaman la poeta de los corazones rotos y describen una obra donde los clásicos griegos conviven con el deseo, el duelo y la experimentación. También he conocido una curiosidad que me resulta entrañable. Carson asistió a un concierto de Rosalía en Chicago y escribió sobre la experiencia en la London Review of Books. Después de tantas décadas entre textos antiguos, conserva la disposición de dejarse sorprender por la música de nuestro tiempo.


Eso es lo que quisiera celebrar en estas líneas, la capacidad de seguir encontrando algo que merezca nuestra atención y nos despierte las ganas de comprender. Hay tanto por descubrir en una forma de vida microscópica, en el hielo, en una molécula o en las palabras con las que intentamos acompañar una ausencia, que me cuesta imaginar una vida en la que se agoten los motivos de asombro.


Las guerras y la violencia pesan, y sería difícil mirar este tiempo sin sentir preocupación. Aun así, estas historias me ayudan a conservar la esperanza en lo que podemos hacer por los demás. Hay personas dedicando años a una investigación cuyos beneficios recibirán desconocidos, defendiendo a quienes han sufrido y escribiendo libros en los que alguien encontrará compañía. Deseo que sigan cambiando el mundo para bien y que muchos más encuentren en ellos una razón para intentarlo.


Los Nobel me dejan preguntas, libros pendientes y una gratitud por quienes amplían nuestras posibilidades de vivir y comprender. Al hablar de su escritura, Carson expresó una idea que acompaña ese deseo de seguir aprendiendo durante toda la vida. “Escribo para descubrir qué pienso sobre algo”.


¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la esperanza lo permiten.


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Esta es opinión personal del columnista