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Jamoncillos de Trapiche del Rosario: una tradición familiar que se endulza a fuego lento

Noreste | Actopan | 09 Ago 2026 - 09:56hrs

Entre cazuelas, molinos, azúcar y semillas, familias de la localidad de Trapiche del Rosario mantienen viva una tradición que ha pasado de generación en generación: la elaboración artesanal de jamoncillos, dulces que se han convertido en uno de los productos característicos de esta comunidad.

Nadia Aguilar forma parte de una de las familias que desde hace aproximadamente cuatro décadas se dedica a preparar estos dulces tradicionales.

Explicó que sus padres aprendieron el oficio de sus antecesores y conservaron las recetas originales, aunque con el paso del tiempo incorporaron nuevos sabores para atender los gustos de los consumidores.

Los jamoncillos tradicionales son elaborados principalmente con semilla de calabaza o pepita, pipián y cacahuate. Sin embargo, actualmente la familia de Nadia ofrece entre 10 y 11 variedades, entre ellas guayaba, dulce de leche, coco y distintas combinaciones.

También han experimentado con sabores más novedosos, como el jamoncillo de semilla de pipián acompañado de arándanos, nuez o naranja.

“Sí es muy famoso”, comentó Nadia al referirse al reconocimiento que tienen estos dulces en municipios de la región.

*La preparación del jamoncillo*

La producción artesanal comienza desde la preparación de los ingredientes. Para elaborar el jamoncillo de cacahuate, por ejemplo, primero se tuesta la semilla, se retira manualmente la cáscara y posteriormente se muele hasta obtener una pasta semejante a la crema de cacahuate.

Por separado se prepara una mezcla de leche y azúcar que debe hervir hasta convertirse en una miel. En ese momento se incorpora la pasta de cacahuate y comienza una cocción a fuego bajo hasta alcanzar el llamado “punto”, es decir, la consistencia adecuada para después dejarla enfriar y colocarla en moldes.

Otro de los productos que requiere mayor tiempo es el ate de guayaba. La fruta se lava, se parte, se muele y se procura retirar la mayor cantidad posible de semillas. Después se cocina únicamente con azúcar durante más de una hora, hasta obtener una mezcla espesa similar a una mermelada.

El ate puede convertirse en una barra completa o combinarse con dulce de leche, dando lugar a una presentación en la que ambas preparaciones forman parte del mismo producto.

*Una labor familiar por la alta demanda*

Detrás de cada barra existe también una organización familiar y laboral. Nadia cuenta actualmente con cinco trabajadores, además del apoyo de su madre y su hija. Durante las temporadas de mayor demanda pueden llegar a participar hasta 10 personas distribuidas en diferentes turnos.

El periodo más intenso ocurre durante octubre, particularmente antes de las celebraciones de Todos Santos y Día de Muertos. En esas fechas, la producción aumenta considerablemente y algunos clientes llegan a solicitar mil o hasta dos mil barras.

El producto también se utiliza para celebraciones particulares. La familia ha elaborado pequeñas piezas de jamoncillo para mesas de dulces, colocadas en bolsas y decoradas para fiestas y otros eventos.

A pesar de la variedad, existe un sabor que continúa siendo el favorito: el de semilla de calabaza o pepita, considerado el más tradicional y ligado a los orígenes de esta actividad en Trapiche del Rosario.

Cada barra tiene un precio de 27 pesos, independientemente del sabor, una decisión que busca mantener un costo accesible tanto para quienes compran de manera individual como para quienes adquieren mayores cantidades.

*Un oficio que nació con herramientas rudimentarias*

Francisca Parra García recuerda que su familia comenzó a incursionar en la elaboración de estos dulces a finales de 1982 y que para 1983 ya habían convertido la actividad en un negocio.

El inicio fue completamente artesanal. Su esposo ya tenía experiencia en la comercialización de dulces, pero ella desconocía el procedimiento para elaborarlos. Ambos decidieron intentarlo y comenzaron lavando las pepitas con ceniza, utilizando un lavadero y herramientas rudimentarias.

La cocción se realizaba en cazuelas de barro sobre leña. Después utilizaron recipientes de peltre y, posteriormente, de aluminio, hasta que las necesidades de producción hicieron necesario incorporar maquinaria.

Fue hasta alrededor de 2007 cuando adquirieron su primera máquina y comenzaron a trabajar con parrillas de gas, aunque sin abandonar por completo los métodos tradicionales.

Con el paso de los años, el negocio quedó en manos de su hija, quien aprendió el oficio directamente de ella y actualmente continúa con la elaboración de los jamoncillos.

Para Francisca, la actividad representa mucho más que una fuente de ingresos, pues con ella se ha sostenido a varias generaciones de la familia.

La elaboración también ha evolucionado. Antes, la pepita, el cacahuate y el coco eran molidos con molinos manuales, mientras que actualmente cuentan con motores que facilitan una parte del proceso y permiten incrementar la producción.

*La esencia permanece*

Francisca asegura que una de las principales recomendaciones que ha transmitido a su hija es conservar la calidad de los dulces, debido a que existen clientes que regresan a Trapiche del Rosario precisamente en busca del sabor tradicional que conocieron desde hace años.

La producción requiere además una cuidadosa planeación. Algunos ingredientes se preparan desde un día antes: el cacahuate se tuesta previamente, el pipián puede lavarse y refrigerarse y el coco se pela y se pica con anticipación.

No todas las barras están listas el mismo día. Algunas preparaciones, como el dulce de leche, los productos combinados y el ate de guayaba, necesitan permanecer toda la noche en los moldes para adquirir la consistencia adecuada. Al día siguiente se desmoldan, se cortan y se envuelven.

Durante la mayor parte del año, las familias dedicadas a esta actividad trabajan de lunes a sábado, pero cuando llega la temporada alta la producción se extiende hasta los domingos.

En Trapiche del Rosario, la elaboración de jamoncillos representa así una tradición que combina recetas familiares, trabajo artesanal y adaptación a nuevos gustos.

Aunque las herramientas han cambiado y hoy existen más variedades, el proceso continúa teniendo como base el trabajo manual y el conocimiento transmitido entre generaciones.

Para quienes mantienen este oficio, cada barra representa no solamente un dulce, sino también una parte de la historia y de la economía familiar de esta comunidad de Actopan.