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DAVID VALLEJO CÓDIGOS DEL PODER |
06 Jun 2026
Cada Mundial regresa con la misma ceremonia íntima. Uno cree que mira futbol, pero en realidad mira su propia biografía. Vuelven los años con camiseta, goles repetidos, penales fallados, derrotas viejas, promesas familiares, voces de comentaristas que parecían formar parte de la casa y una emoción infantil que sobrevive incluso en quienes nunca aprendimos a rezarle al balón con disciplina dominical.
Nunca fui tan futbolero, me confieso villamelón desde que la Jaiba Brava subió a primera y luego la vendieron y le salieron pico y plumas blancas, ese instante extraño en que uno comprende que el amor deportivo también puede ser administrado, hipotecado, transferido y vuelto mercancía sin pedir permiso al corazón. Aun así, siempre veo los juegos de México en el Mundial, y desde cuartos hasta la final me entrego con la devoción tardía de quien llega a la fiesta cuando ya empezaron los himnos, pero todavía alcanza a sentir que la vida entera cabe en un zambombazo.
También recuerdo los años en función del Mundial. Mi memoria tiene calendarios oficiales y calendarios secretos. En unos aparecen gobiernos, crisis, mudanzas, fallecimientos y nacimientos. En otros aparecen Francia 98, Corea y Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018, Qatar 2022. A partir de este ciclo, con mi hija de 11 años, descubrí otra fiebre. Caí enviciado por los álbumes Panini y las tarjetas, por esa liturgia de abrir sobres, ordenar escudos, perseguir estampas, creer que completar una colección equivale a poner un poco de orden en el universo.
Hace unos días escuché una conversación en un podcast de Leonardo de Lozanne, vocalista de Fobia, con Alberto Lati, periodista deportivo al que respeto por su inteligencia y mundo. Lati decía que el gran problema de México era la falta de talento, aunque sus jugadores se entregaran con absoluta dignidad. La frase dolía porque estaba dicha sin crueldad y porque parecía cierta. El futbol mexicano, explicaba, carga un sistema que impide el salto de calidad. Privilegia el negocio inmediato, suspendió el ascenso y descenso, evita la Libertadores, abrió demasiado espacio a extranjeros, ha formado jóvenes con timidez y encareció el mercado interno cerrando caminos hacia Europa.
Pensé entonces que esa lectura sobre el futbol servía también para mirar al país. México será otra vez anfitrión del Mundial. El Estadio Azteca tendrá una tercera inauguración, privilegio que ninguna otra cancha del planeta puede presumir. Sobre su pasto habrán pasado Pelé, Maradona, himnos, terremotos emocionales, generaciones enteras aprendiendo a celebrar y a perder. Ese templo abrirá la puerta de la fiesta global y volveremos a sentir que todo es posible, que la historia nos debe una alegría, que alguna vez la pelota cruzará la línea que separa el orgullo de la grandeza.
Pero una nación tampoco se vuelve campeona por jugar en casa. Soñamos con que México levante una Copa del Mundo, aunque sabemos que un sueño sin cantera, sin método, sin competencia y sin disciplina, incluso sacrificio institucional, termina convertido en relato de sobremesa. De la misma forma soñamos con ser una potencia de primer mundo, aunque cargamos rezagos que ningún discurso puede ocultar. Vivimos junto al mercado económico de mayor tamaño del planeta, pertenecemos al TMEC, tenemos geografía, juventud, cultura, talento, industria, petróleo, gas biodiversidad, una ubicación que vale oro y una historia capaz de sostener cualquier ambición. Aun así, seguimos llegando a los torneos decisivos con preparación incompleta.
Queremos competir entre gigantes sin soberanía energética plena, con ciencia y tecnología lejos del nivel que exige esta época, con educación desigual, infraestructura insuficiente y una relación peligrosa entre talento y oportunidad. En el futbol, demasiados jóvenes quedan atrapados antes de madurar. En nuestro país, Muchachas y muchachos brillantes nacen en territorios donde el futuro se administra con escasez, donde la calidad educativa parece lejana, donde la tecnología se confunde con ChatGPT, donde los ricos se vuelven más ricos mientras los aspirasionistas boxean contra contrincantes de peso superior o corren un maratón de subida.
La metáfora del futbol resulta poderosa porque exhibe una verdad incómoda. El talento individual emociona, pero las potencias ganan desde el sistema. Ganan desde la formación temprana, la competencia verdadera, la exigencia, la planeación de largo plazo, la confianza en sus jóvenes, la liga que obliga a crecer, el mercado que premia calidad, el cuerpo técnico que estudia rivales durante años y la federación que entiende que el triunfo empieza mucho antes del himno.
Los países también ganan así. Ganan cuando convierten su ubicación en estrategia, su demografía en productividad, su educación en movilidad social, su energía en soberanía, su ciencia en industria, su cultura en identidad económica y su política pública en proyecto compartido. Ganan cuando dejan de confundir inauguración con destino. Ser sede abre una puerta y prepararse permite cruzarla. Reconozco esfuerzos en este sentido, pero aún estamos lejos de ser contendientes al título.
México ha vivido demasiado tiempo en una contradicción hermosa y dolorosa. Tiene alma de campeón y estructura de promesa. Tiene una afición inmensa y una cantera desigual. Tiene empresarios, obreros, científicas, artistas, campesinos, ingenieras, estudiantes, migrantes, maestras y técnicos capaces de competir con cualquiera, pero su sistema todavía desperdicia demasiada fuerza humana. El país posee una energía sentimental descomunal. Lo que falta es convertir esa energía en arquitectura.
Un Mundial en casa puede ser fiesta, selfie, negocio, turismo y orgullo. También puede ser una advertencia. Durante unas semanas el planeta mirará nuestras ciudades, nuestras canchas, nuestra capacidad de recibir, cantar y organizar. Nuestra capacidad de llegar a acuerdos con quienes se aprovechan de la coyuntura presionando. Pero después del último partido quedará la verdadera tabla de posiciones. Quedará la educación que financiamos, la energía que aseguramos, la ciencia que impulsamos y las oportunidades que abrimos para quienes vienen detrás.
Mi hija pegará estampas y guardará tarjetas sin saber todavía que ese gesto tiene algo de país. Cada tarjeta busca su lugar, cada figura incompleta produce ansiedad y cada selección ordenada parece anunciar una armonía posible. Los adultos también vivimos llenando álbumes nacionales. Una refinería, una escuela, una patente, una carretera, una vacuna, una empresa tecnológica, una niña que aprende matemáticas, un joven que sale a competir al extranjero, una comunidad que recibe agua limpia, una universidad que investiga y una política pública que resiste el sexenio. Cada pieza cuenta y cada ausencia pesa.
Ser campeón exige mirar de frente aquello que nos impide competir. En el futbol, el diagnóstico de Lati duele porque toca una fibra profunda. En México, el diagnóstico nacional duele porque nos alcanza a todos. La grandeza requiere instituciones que formen, mercados que impulsen, reglas que castiguen la simulación, liderazgos que piensen en generaciones, ciudadanía que entienda que el aplauso del estadio dura poco, mientras la preparación deja herencia.
Nunca fui tan futbolero, pero entiendo esa emoción que atraviesa a un país cuando rueda la pelota. Entiendo la fe irracional, la camiseta puesta con orgullo, el grito contenido, el álbum abierto, la niña que pide otra tarjeta, el padre que vuelve a creer y la nación que se reconoce vulnerable frente a una portería.
Ojalá México gane algún día el Mundial. Ojalá lo haga con jugadores formados en colonias populares, escuelas, clubes y canchas donde el talento encuentre camino. Ojalá lo haga con una liga valiente, con jóvenes exportados al mundo, con competencia real y ambición deportiva.
Pero ojalá, sobre todo, aprendamos la lección mayor. Un país campeón se prepara antes de celebrar, construye antes de prometer, forma antes de exigir, invierte antes de presumir y cree en su gente antes de venderla barata o ignorarla por ambición.
El Mundial pasará y la vida seguirá. El álbum quedará guardado en algun cajón y mi hija crecerá con recuerdos propios. México, en cambio, seguirá frente a su partido decisivo. La diferencia entre participar y ganar será la misma de siempre: preparación, visión y carácter.
La cancha está puesta. El estadio será nuestro. Falta que el país también lo sea, que lleguemos al quinto juego, al sexto y séptimo. Que dejemos de imaginar cosas chingonas y las hagamos realidad. Que el si se puede se vuelva si se pudo, sonando de fondo, chiquitibun a la bim bol bam…México México ra ra ra.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y los deseos de lotería lo permiten.
Placeres culposos: México 86 en Netflix y las finales de la NBA. Por supuesto, el Mundial.
Una corneta de plástico para Greis y una matraca para Alo.
Esta es opinión personal del columnista