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DAVID VALLEJO CÓDIGOS DEL PODER |
25 Mar 2025
Se ha publicado la nueva edición del World Happiness Report, y con ella, una revelación que interpela tanto a la razón como a la conciencia colectiva: México se ubica entre los diez países con mayor nivel de felicidad percibida en el mundo, superando a naciones como Alemania, Francia, Reino Unido y Estados Unidos, este último desplazado hasta el lugar veintitrés, en su registro más bajo. Ante una realidad atravesada por desigualdad, violencia e incertidumbre, la estadística desafía las narrativas convencionales.
Este índice, elaborado a partir de la percepción que las personas tienen sobre su propia vida, incorpora variables como ingreso per cápita, apoyo social, salud, libertad personal, generosidad y percepción de corrupción. A primera vista, la metodología parece robusta, pero su centro gravitacional no está en los datos duros, sino en la respuesta íntima a una pregunta elemental: ¿cómo valora usted su vida, en una escala del cero al diez?
Lo que se mide no es la euforia ni la acumulación de placeres, sino la evaluación reflexiva de la propia existencia. Y es ahí donde México aparece como un caso fascinante. Las condiciones objetivas son adversas: pobreza estructural, inseguridad persistente, desconfianza institucional. Sin embargo, lo que emerge con fuerza es una forma de bienestar que se construye en el seno de las relaciones humanas, en la fuerza de la familia, en la vitalidad del afecto, en la capacidad de encontrar sentido incluso en medio del caos.
Esta paradoja estadística no es simple apariencia. La felicidad mexicana se alimenta de la memoria colectiva, de una resistencia cultural que transforma el dolor en esperanza, que convierte la incertidumbre en ternura compartida. La cercanía emocional, el humor como válvula y la fe en los vínculos son mecanismos de contención que no figuran en las hojas de cálculo, pero sostienen el alma social.
Parte del ascenso mexicano se explica también por un fenómeno relativo: mientras México conserva una puntuación estable, otras potencias experimentan un desgaste profundo. Estados Unidos, por ejemplo, enfrenta una fractura emocional que erosiona sus pilares. El debilitamiento de la comunidad, la epidemia de soledad, la crisis de salud mental, la polarización y el agotamiento de su narrativa del éxito provocan un descenso sostenido en la satisfacción vital de sus ciudadanos. Se trata de un malestar estructural más que de una crisis coyuntural.
El informe confirma lo que la filosofía ha dicho durante siglos: la felicidad no depende del tener, sino del ser. Aristóteles hablaba de eudaimonia, ese florecimiento que nace de vivir conforme a la virtud. Kant la subordinaba a la autonomía racional y al deber ético. En Oriente, la felicidad ha sido comprendida como armonía interior, como aceptación lúcida de la realidad. Lo que todos coinciden en señalar es que se trata de un estado que trasciende lo circunstancial.
Los países nórdicos siguen encabezando el ranking. La clave está en la confianza institucional, la cohesión social, el equilibrio entre la vida y el trabajo, la educación como herramienta de dignidad, y una cultura política centrada en el bienestar común. La felicidad, en ese contexto, se experimenta como serenidad y previsibilidad, no como exaltación. El ciudadano sabe que, ante la adversidad, no quedará solo. Y esa certeza tiene más valor que muchas promesas.
Los rankings, sin embargo, siempre deben leerse con atención. Reflejan un instante dentro de procesos mucho más complejos. También invitan a mejorar la manera de medir. Tal vez ha llegado el momento de incluir indicadores como el tiempo libre de calidad, el acceso a experiencias estéticas, la conexión con la naturaleza, la profundidad de las amistades, el sentido del humor y la espiritualidad no dogmática. El alma humana es más compleja que cualquier algoritmo.
México aún enfrenta desafíos profundos. Pero el dato que arroja este informe indica una reserva ética y emocional que debe cuidarse. La felicidad aquí no se basa en el confort, sino en la convicción de que la vida vale la pena vivirse, a pesar de todo. Esa convicción, que atraviesa generaciones y se reinventa en cada crisis, es uno de los activos más poderosos de una nación.
Allí donde la violencia intenta sembrar miedo, florece una canción. Donde la incertidumbre oscurece el horizonte, alguien extiende la mano. Donde las estadísticas predicen desánimo, emerge la calidez de una sobremesa o la mirada cómplice de un desconocido. Esa forma de vivir no aparece en los informes financieros, pero sostiene al país desde sus raíces.
México enseña que la felicidad no siempre depende de lo evidente. A veces nace de resistir con el alma en pie. Y esa forma de resistencia, aunque silenciosa, transforma.
¿Voy bien o me regreso?
Nos leemos pronto, si la IA lo permite y el alma persiste.
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Esta es opinión personal del columnista