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DAVID VALLEJO CÓDIGOS DEL PODER |
01 Abr 2025
Hace décadas, los patios escolares resonaban con risas y juegos, pero también con apodos y peleas que, aunque hirientes, se consideraban parte del crecimiento. Era común tener de compañeros al gato, al perro, al caballo, al negro, al gafas, entre muchos más. Los niños de entonces, forjados en un entorno donde la supervivencia y la resistencia eran virtudes, aprendían a encajar las burlas y a devolverlas, desarrollando una coraza emocional que les permitía navegar en un mundo menos atento a las sutilezas del bienestar psicológico.
Hoy, el panorama es distinto. Nuestros niños y adolescentes crecen en una realidad donde la sensibilidad y la expresión emocional son valoradas y fomentadas. Sin embargo, esta apertura también los expone a nuevas vulnerabilidades. Los apodos, que antaño podían parecer inofensivos, ahora tienen el potencial de convertirse en etiquetas destructivas que socavan la autoestima y el sentido de identidad. La repetición constante de un sobrenombre despectivo puede internalizarse, llevando al niño a creer que esa es su verdadera identidad, lo que puede generar sentimientos de inutilidad y desesperanza.
La psicología moderna ha evidenciado que el acoso escolar está estrechamente relacionado con trastornos como la depresión y la ansiedad. Las víctimas de bullying presentan una mayor incidencia de síntomas depresivos y ansiosos en comparación con aquellos que no han sido acosados. Además, el acoso prolongado puede derivar en trastornos de estrés postraumático, afectando la capacidad del individuo para desenvolverse en la vida cotidiana.
Más alarmante aún es la relación entre el bullying y el suicidio infantil. Las víctimas de acoso escolar tienen un riesgo significativamente mayor de ideación suicida e intentos de suicidio. El constante hostigamiento y la sensación de aislamiento pueden llevar a los niños y adolescentes a considerar el suicidio como una vía de escape a su sufrimiento.
Es esencial también comprender el perfil del agresor. Los niños que acosan a otros a menudo presentan dificultades para controlar impulsos, carecen de empatía y pueden estar replicando patrones de violencia aprendidos en entornos familiares o sociales. Estos agresores, si no reciben la intervención adecuada, tienen una mayor probabilidad de involucrarse en conductas delictivas en la adultez y de desarrollar relaciones interpersonales disfuncionales.
La omnipresencia de la tecnología y las redes sociales ha amplificado el alcance del acoso. El ciberacoso permite que la persecución trascienda las paredes de la escuela, invadiendo la intimidad del hogar y dejando a las víctimas sin refugio. La viralización de contenido humillante y la perpetuidad de la información en línea intensifican el daño psicológico, creando una sensación de desesperanza y vulnerabilidad constante.
Además del acoso, las redes sociales han exacerbado sentimientos de depresión y soledad entre los jóvenes. La exposición constante a vidas idealizadas y figuras aparentemente perfectas en estas plataformas puede generar comparaciones dañinas, llevando a los adolescentes a sentirse insatisfechos con sus propias vidas y apariencias. Esta constante comparación puede erosionar la autoestima y fomentar sentimientos de aislamiento.
Frente a esta realidad, es imperativo que las instituciones educativas y las familias adopten medidas concretas y efectivas. Las escuelas deben implementar programas educativos que promuevan la empatía, el respeto y la resolución pacífica de conflictos. Es esencial que los educadores reciban formación continua para identificar señales de acoso y actuar de manera oportuna y efectiva.
Los padres, por su parte, deben establecer canales abiertos de comunicación con sus hijos, fomentando un ambiente de confianza donde los niños se sientan seguros para compartir sus experiencias y preocupaciones. Además, es fundamental que los adultos modelen comportamientos de respeto y empatía en sus interacciones diarias, ya que los niños aprenden observando y replicando las conductas de sus referentes.
Para generar confianza en los niños y fortalecer su resiliencia ante el acoso y las influencias negativas de las redes sociales, es crucial fomentar su autoestima, reconocer y valorar sus logros y esfuerzos, enseñarles habilidades de afrontamiento para manejar el estrés y la frustración, establecer límites saludables con la tecnología y crear un entorno familiar de apoyo donde se sientan escuchados y comprendidos.
La transición de una crianza centrada en la supervivencia a una enfocada en la sensibilidad presenta desafíos y oportunidades. Reconocer y valorar las fortalezas de las nuevas generaciones nos permitirá construir una sociedad más justa y compasiva. Es responsabilidad de todos —educadores, padres y comunidad— trabajar juntos para erradicar el bullying y fomentar entornos donde cada individuo pueda desarrollarse plenamente, sin temor al rechazo o la agresión.
En el tejido de la vida, cada hilo de empatía fortalece la trama contra el acoso; que nuestras acciones tejan un manto de respeto y compasión que cobije a todos contra el frío, la tormenta y el bullying.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y el bullying lo permite.
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Esta es opinión personal del columnista