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GABRIEL GARCÍA-MÁRQUEZ SENTIDO COMÚN |
22 Jun 2026
Cada cuatro años el futbol logra algo que pocas actividades consiguen: paralizar al país y unir a millones de personas detrás de una misma ilusión. No importa si se vive en una gran ciudad o en una no tan grande; cuando juega la Selección Mexicana, el sentimiento nacional aflora con una intensidad difícil de explicar. Sin embargo, como sucede en cada mundial surge una pregunta que muchos aficionados prefieren no hacerse: ¿qué ocurrirá si México avanza más allá de lo esperado o incluso conquista el campeonato del mundo?
Recientemente, el científico de datos Steven Stern, profesor de la Universidad de Bond en Australia, realizó un millón de simulaciones matemáticas para proyectar los posibles resultados del Mundial de 2026. Los datos revelan que México tiene apenas un 1.6 por ciento de probabilidades de convertirse en campeón del mundo. Por cierto, la cifra puede parecer pequeña, pero es suficiente para mantener viva la esperanza de millones de aficionados.
El mismo estudio coloca a Estados Unidos ligeramente por encima de México con un 1.7 por ciento de probabilidades de levantar la Copa del Mundo. Los grandes favoritos continúan siendo España, Francia, Argentina e Inglaterra, seguidos por Brasil. Toda vez que la historia pesa en los mundiales, las estadísticas muestran que desde 1998 la mayoría de los semifinalistas han surgido de un grupo muy reducido de selecciones consideradas potencias.
Sin embargo, las matemáticas también indican que el nuevo formato de 48 equipos abre una pequeña ventana para las sorpresas. En otras palabras, aunque los gigantes siguen siendo favoritos, existen mayores posibilidades para que aparezca un "caballo negro" capaz de romper los pronósticos.
LA ILUSIÓN DEL QUINTO PARTIDO... Y ALGO MÁS
La buena noticia para México es que las simulaciones le otorgan un 56 por ciento de probabilidades de llegar a los octavos de final y un 25.7 por ciento de alcanzar los cuartos de final. Sería un logro histórico, pues la Selección Nacional no alcanza esa instancia desde el Mundial de México 1986.
Pienso que más allá de los números, lo verdaderamente importante es el efecto social que tendría una actuación destacada del equipo mexicano. Si llegar a un quinto partido ya provoca una enorme expectativa, imaginemos por un momento lo que ocurriría si México avanzara a semifinales o disputara la final.
Mientras tanto, las ciudades sede y el resto del país comenzarían a vivir una auténtica fiebre futbolística. Las plazas públicas y las calles se llenarían, los restaurantes y bares registrarían llenos absolutos, las pantallas gigantes congregarían a miles de personas y las caravanas de automóviles recorrerían calles y avenidas durante horas.
CUANDO LA CELEBRACIÓN SE SALE DE CONTROL
El problema no es la alegría colectiva. El problema aparece cuando la emoción rebasa los límites de la convivencia.
Por cierto, ya existen antecedentes que deberían preocuparnos. Durante algunos de los triunfos recientes de la Selección Mexicana se registraron intentos de voltear vehículos, actos de vandalismo contra edificios y agresiones contra personas que transitaban por los lugares donde se concentraban los aficionados.
En varias ciudades del país pudieron observarse escenas de desorden que pusieron en riesgo la integridad de muchas personas. Algunos automovilistas incluso tuvieron que avanzar lentamente con sus camionetas entre grupos que les bloqueaban el paso, generándose momentos de gran tensión que pudieron terminar en tragedia.
Afortunadamente no hubo personas fallecidas. Sin embargo, toda vez que las circunstancias estuvieron cerca de salirse completamente de control, resulta indispensable analizar con seriedad lo que podría ocurrir si México alcanzara instancias históricas en el Mundial.
En otras palabras, si algunas victorias en fase de grupos fueron suficientes para generar actos vandálicos, nadie puede descartar que una clasificación a semifinales o una eventual conquista del campeonato produzca concentraciones multitudinarias de dimensiones nunca vistas.
¿EXAGERACIÓN O PREVENCIÓN?
Pienso que muchos ciudadanos considerarían exagerada la instalación de retenes preventivos, operativos especiales de tránsito o la aplicación intensiva del alcoholímetro durante los partidos de la Selección Mexicana. Sin embargo, la realidad demuestra que estas medidas podrían ser necesarias.
Toda vez que el consumo excesivo de alcohol suele acompañar las celebraciones masivas, las autoridades tendrían la obligación de anticiparse a posibles accidentes, enfrentamientos y actos de vandalismo. No se trata de limitar la alegría de la gente, sino de proteger vidas y bienes públicos y privados.
Mientras tanto, también sería indispensable reforzar la vigilancia en zonas de concentración masiva, centros históricos, plazas públicas y áreas comerciales para evitar daños a vehículos, edificios y comercios.
La experiencia internacional demuestra que los festejos deportivos pueden convertirse rápidamente en escenarios de violencia. Países europeos y sudamericanos han registrado saqueos, incendios, destrozos y enfrentamientos con la policía después de triunfos deportivos importantes.
EL VERDADERO CAMPEONATO
Por cierto, el futbol siempre ha demostrado que las estadísticas no juegan los partidos. México tiene apenas un 1.6 por ciento de probabilidades de ser campeón, pero también tiene una posibilidad real de alcanzar los cuartos de final y seguir escribiendo historia.
Pienso que todos los mexicanos deseamos ver a nuestra selección triunfar. Sería una de las mayores alegrías colectivas que haya vivido el país. Sin embargo, el verdadero campeonato no sólo tendría que ganarse en la cancha.
Toda vez que una sociedad se mide también por su capacidad para celebrar con civilidad, México tendría la oportunidad de demostrar que la pasión deportiva puede convivir con el respeto a la ley, a la propiedad ajena y a la integridad de las personas.
Mientras tanto, el balón seguirá rodando y la ilusión seguirá creciendo. Si llega el milagro futbolístico que millones esperan, ojalá que la copa más importante no sea únicamente la que levanten los jugadores, sino la que conquiste una sociedad capaz de celebrar con alegría, pero también con responsabilidad y sentido común.
Esta es opinión personal del columnista