23 Jun 2026
Hoy solo el futbol cuenta, lo demás es lo de menos, lo que importa es Ron Batey, decía un viejo comercial. En lo que escribo estas líneas, con un ojo al gato y otro al garabato, veo a Messi fallar un penalti, para corroborar aquello de que es humano y que los dioses también pueden fallar. Más tarde anotó el primero y se puso en la historia, como el mejor anotador de los mundiales (17). Se lo merece. Y anotó el segundo para el triunfo de 2-0. Entre esas cosas, busco a Eduardo Galeano, el escritor uruguayo que más escribió del futbol.
Para el escritor uruguayo Eduardo Galeano, el fútbol era "la música del cuerpo y la fiesta de los ojos". A través de su obra, celebraba la magia del juego y la alegría de la pelota, pero también denunciaba el negocio lucrativo y las estructuras de poder que amenazaban la esencia popular del deporte. Su obra cumbre: "El fútbol a sol y sombra". Su libro más famoso sobre el tema, El fútbol a sol y sombra (publicado originalmente en 1995), es a la vez un homenaje a la belleza del juego y una crítica feroz al deporte profesional. Galeano lamentaba cómo la tecnocracia había impuesto un fútbol de pura fuerza y velocidad que renunciaba a la alegría y la fantasía. Para él, el mejor jugador era aquel "cara sucia" que se salía del libreto para cometer el "disparate" de gambetear a todos por el simple goce de la libertad. Para comprender la profunda pasión y devoción que Galeano sentía por el deporte.
Las páginas que siguen están dedicadas a aquellos niños que una vez, hace años, se cruzaron conmigo en Calella de la Costa. Venían de jugar al fútbol, y cantaban: “Ganamos, perdimos, igual nos divertimos”.
EL ESTADIO
¿Ha entrado usted, alguna vez, a un estadio vacío? Haga la prueba. Párese en medio de la cancha y escuche. No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie. En Wembley suena todavía el griterío del Mundial del 66, que ganó Inglaterra, pero aguzando el oído puede usted escuchar gemidos que vienen del 53, cuando los húngaros golearon a la selección inglesa. El Estadio Centenario, de Montevideo, suspira de nostalgia por las glorias del fútbol uruguayo. Maracaná sigue llorando la derrota brasileña en el Mundial del 50. En la Bombonera de Buenos Aires, trepidan tambores de hace medio siglo. Desde las profundidades del estadio Azteca, resuenan los ecos de los cánticos ceremoniales del antiguo juego mexicano de pelota. Habla en catalán el cemento del Camp Nou, en Barcelona, y en euskera conversan las gradas de San Mamés, en Bilbao. En Milán, el fantasma de Giuseppe Meazza metegoles que hacen vibrar al estadio que lleva su nombre. La final del Mundial del 74, que ganó
Alemania, se juega día tras día y noche tras noche en el Estadio Olímpico de Munich. El estadio del rey Fahd, en Arabia Saudita, tiene palco de mármol y oro y tribunas alfombradas, pero no tiene memoria ni gran cosa que decir”.
Hoy los vuelos de Giani Infantino, presidente de FIFA, asombran, pero lo que se sabe es que el avión Lear Jet privado que trae, se lo prestaron los emires de Qatar, los mismos que le regalaron el Air Force One a Donald Trump. Tener unos amigos así.
Entre millonetas te veas.
Esta es opinión personal del columnista