7 de Julio de 2026 | 11:27
INICIO    ESTATAL    NACIONAL    INTERNACIONAL    NOTA ROJA    XALAPA    POZA RICA    CULTURA    VIRAL   
Afuera 4ª parte
PEDRO CHAVARRÍA
DISECTOR

07 Jul 2026

Hasta ahora hemos visto cómo se ha formado una cadena de innovaciones universales que parten, hasta donde nosotros alcanzamos a ver, desde la física. Es decir, este abordaje nos parece hasta hoy en día, la base de la realidad. La física se ocupa de los átomos y partículas subatómicas: protones, neutrones y electrones, para resumir. Estas partículas, junto con otras que aquí no abordaremos, conforman los átomos y equivalen a lo que por mucho tiempo hemos tomado como “materia sólida”, cuando en realidad son, en su mayor parte, vacío; la solidez viene de nuestra percepción, no de una realidad primaria.


La física da lugar a la química cuando se enfoca en la última capa de electrones, lo que permite que unos átomos interactúen con otros, lo que da lugar a la formación de compuestos llamados moléculas. Cuando las moléculas alcanzan altísima complejidad, tenemos las bases para los seres vivos, de tal manera que la química posibilita la biología. Ya vimos cómo esta d lugar a la ecología cuando se expande al exterior y los seres vivos interactúan entre sí y con el medio. El hombre aprovechó la manipulación del medio externo para favorecer el mejor desarrollo de los seres vivos.


Pero la biología, por sí misma y operando hacia el propio interior de los seres vivientes, alcanzó tal complejidad y sofisticación que abrió una nueva manifestación del propio universo: la aparición de la inteligencia, y aún más: el desarrollo del estado de consciencia. Parece haber aquí una secuencia obligada, que pudo haberse desenvuelto de muchas formas. El caso es que a partir de que la biología da un paso más, aparece la psicología. Con una mirada panorámica podríamos clasificar a las especies vivientes en dos grandes grupos: unicelulares y multicelulares. Los primeros están limitados, pues una sola célula debe hacer todas las funciones. 


Entre los multicelulares distinguimos al menos dos subgrupos: vegetales y animales. Los primeros son notablemente resistentes y en algunos casos, muy longevos, pero están anclados al suelo, por lo que su movilidad es limitada. Y aún cuando captan cabios en el medio y responden, su repertorio parece limitado. Destaca la ausencia de un centro integrador y coordinador, es decir, no tienen cerebros ni redes neuronales, ni de propagación de ciertos estímulos, como los eléctricos, lo que los mantiene dentro de un ámbito de respuestas relativamente automáticas.


Entre los animales, los hay dotados con redes neuronales relativamente simples, que, sin embargo, les prestan notables servicios, sobre todo, encaminados a la supervivencia, como conseguir alimento, refugio y pareja. Tienen capacidad de movimiento orientado a un objetivo específico, a diferencia, por ejemplo, de bacterias con movimiento flagelar sin objetivo concreto, o como las semillas de vegetales, dispersadas por el viento. Desde los insectos en adelante, aparece la capacidad de movimiento autónomo y precisamente encaminado, lo cual requiere un centro coordinador. Ya tenemos dos factores primordiales: detección y motricidad orientada.


Animales más desarrollados cuentan ya con cerebros que justan aún más estas dos capacidades básicas y agregan la posibilidad adicional de relacionar dos eventos en el tiempo, de modo que pueden predecir el futuro. Aprenden tras presenciar repeticiones y recordar eventos pasados a anticipar lo que vendrá, en especial cómo se mueve una presa y dónde estará un segundo más adelante, lo que les permite cazar eficientemente. De ahí a establecer otras asociaciones, hay una frontera borrosa en la que va surgiendo la inteligencia, que permite no solo predecir el futuro inmediato, sino empezar a comprender cómo funciona el entorno. Con la inteligencia aparece la posibilidad de analizar los movimientos observables -conducta-, y con ello estamos abriendo la puerta a la psicología animal, luego a la humana. Cuando esto lo aplicamos a grandes grupos poblacionales aparece la sociología.


Animales sencillos funcionan como autómatas, con respuestas rígidas, y sin embargo, exitosas. Animales más sofisticados reúnen conglomerados neuronales más grandes y más densos de neuronas. El número, al parecer, tiene mucho que ver: entre más neuronas, más posibilidades de interconexión y formación de redes, es decir, equipos dinámicos de trabajo, capaces de enfrentar nuevos retos y elaborar pensamientos más complejos. Tal parece que el número de neuronas lo es casi todo. Las interconexiones permiten compartir y coordinar información, de modo que se integran más unidades de procesamiento.


Cerebros muy complejos dan lugar al estado de consciencia, que podríamos resumir muy apretadamente, como la capacidad de saber que yo soy yo, es decir, me distingo frente a los demás, semejantes y no semejantes, al tiempo que entiendo cuál es mi estado de ánimo y no solo puedo resolver situaciones nuevas, sino que empiezo a pensar sobre lo que es pensar y me cuestiono acerca de mi origen, de mi lugar en el mundo y mi destino. No es que podamos resolver del todo estas interrogantes, sino que tenemos la capacidad de plantearlas y ofrecer algunas respuestas libres de contradicciones, que ya es bastante. De este modo, agregamos al continuo la filosofía y el pensamiento religioso.


Contra la idea de que conocemos a Dios por revelación, creo que hay una vía natural, surgida de la propia inteligencia, pues ya desde los hombres primitivos existían ciertas ideas acerca de una vida posterior a esta, como lo demuestran los entierros humanos y posteriormente el desarrollo de diversos cultos y religiones, que vinieron a culminar en las grandes religiones monoteístas. Sea como sea, el surgimiento del estado de consciencia y el pensamiento religioso muy elaborado, más allá de los mitos fundacionales y la creación de dioses que explicaran los eventos incomprensibles. El pensamiento religioso complejo surge de los adentros organizados como cerebros de alta complejidad, y aunque suena un mucho egocentrista, solo los humanos hemos podido desarrollar en este planeta. Ignoramos si haya otras formas de vida con capacidades cerebrales y mentales superiores o diferentes a las nuestras, capaces de llegar a conclusiones equivalentes.


Frank J. Tipler plantea en su obra “Física de la inmortalidad” (Ed. Lianza Universidad) que la teología es una rama de la física. Yo ajustaría que la teología no proviene directamente de la física, sino que ha recorrido el derrotero que he venido planteando en forma de un continuo creciente, con algunas ramificaciones, pero que esencialmente sigue un tronco central: física-química-biología-psicología-filosofía y, finalmente, teología. Puede parecer muy atrevido e irreverente pretender que podemos incluir a Dios en esta secuencia, basada en el desarrollo del universo con sofisticación creciente.


Hasta ahora solo hemos partido de dos espacios: el adentro y el afuera, pero ¿y si hubiera otro más? Ya veremos.


Esta es opinión personal del columnista