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Punto de quiebre
DAVID VALLEJO
CÓDIGOS DEL PODER

02 Abr 2025

Cuando se estudian los grandes giros de la historia económica, rara vez se anuncian con estruendo. Suelen llegar en forma de ajustes graduales, en la caída sostenida de indicadores o en decisiones políticas que, aunque parecen temporales, redefinen el rumbo de países enteros. Hoy, México se encuentra en uno de esos momentos.


El nuevo ciclo comercial impulsado por la administración de Donald Trump, con aranceles del 25% a productos clave como el acero, el aluminio y los vehículos producidos fuera de Estados Unidos, representa mucho más que un desafío coyuntural. Se trata de una fractura en los cimientos de un modelo económico construido durante más de tres décadas sobre la integración productiva con América del Norte. Las cadenas de valor que han hecho de México un actor competitivo en manufactura avanzada, particularmente en sectores como el automotriz, aeroespacial y electrónico, enfrentan ahora un cambio de reglas abrupto y de alto impacto.


La economía mexicana ya mostraba señales de fragilidad. El crecimiento de 1.2% en 2024 fue el más bajo desde la pandemia, con contracciones en el sector primario, estancamiento industrial y desaceleración en los servicios. El consumo privado, motor tradicional del mercado interno, registró caídas en los últimos meses, y las exportaciones comenzaron a resentir la desaceleración global. La reducción en las importaciones de bienes intermedios —una señal clara de que la producción se está ralentizando— confirma que la maquinaria económica empieza a perder tracción.


Frente a este panorama, la respuesta del Estado mexicano ha sido mesurada y estratégica. La presidenta ha optado por una vía diplomática, priorizando la negociación antes que la confrontación. Esta decisión parte del reconocimiento de que la interdependencia económica entre México y Estados Unidos supera lo estrictamente comercial. Temas como la migración, la seguridad fronteriza y el combate al fentanilo están sobre la mesa, y una buena gestión integral puede abrir espacios para acuerdos diferenciados.


Pero la estrategia externa solo es parte del tablero. La otra, igual o más relevante, está en el frente interno. La resiliencia de una economía en contextos adversos se construye con inversión, con visión de largo plazo y con la activación de los motores productivos internos.


La inversión en infraestructura —infraestructura real, tangible, multiplicadora— es hoy más que un componente del gasto público: es una herramienta de estabilidad. Acelerar proyectos logísticos, carreteros, energéticos y digitales permitirá generar empleo inmediato, reducir cuellos de botella en la producción y mejorar la competitividad territorial. Cada peso invertido en conectividad o energía tiene el potencial de traducirse en nuevas inversiones privadas, nacionales o extranjeras.


A la par, se vuelve urgente establecer programas de estímulo selectivo. Sectores como el automotriz, el metalmecánico, el agrícola de exportación o el electrónico, se verán sumamente golpeados por las aranceles anunciados y por anunciar del presidente Donald Trump ante la nueva política comercial estadounidense. Se requerirá de esquemas de apoyo fiscal, financiamiento accesible y asesoría técnica para reconvertirse o explorar nuevos mercados. En un entorno de tensión internacional, los países que sostienen a sus sectores estratégicos desde el inicio, y no en la crisis terminal, son los que logran mantenerse en pie.


Pero la respuesta de fondo —la que define el lugar de México en el nuevo orden económico— está en la apuesta estructural por la ciencia, la tecnología y el emprendimiento. Las economías que han dado saltos cualitativos en periodos de adversidad son aquellas que invirtieron en conocimiento, que fortalecieron sus capacidades tecnológicas y que liberaron el potencial emprendedor de sus jóvenes. Aquí, la política pública puede crear ecosistemas: redes de incubadoras, fondos de innovación, asociaciones entre centros de investigación y empresas, esquemas fiscales para startups de alto impacto.


El país dispone de ventajas únicas. Una ubicación geográfica privilegiada, una población joven, tratados comerciales con acceso a más del 60% del PIB mundial y sectores empresariales con experiencia global. Sin embargo, esas ventajas no se traducen automáticamente en prosperidad. Exigen decisiones estratégicas, voluntad política y una visión que combine estabilidad macroeconómica con activación sectorial inteligente.


Las condiciones actuales no definen el destino de una economía. Lo hacen las respuestas que se articulan cuando los desafíos aparecen. México se encuentra ante una prueba compleja, pero también ante una oportunidad irrepetible: redefinir su modelo de desarrollo sobre bases más diversificadas, más resilientes y más propias. Las grandes transformaciones nacen en tiempos de presión. La historia, con frecuencia, comienza en los márgenes de las crisis.


¿Voy bien o me regreso? Nos leemos muy pronto si la IA y los aranceles que anunciará Trump el día de hoy, lo permiten.


Placeres culposos: Dulces de Xile Chile. 


Un olivo para Greis.